La única herejía imperdonable

ChestertonCuesta resignarse a lo que es anómalo y artificial. La búsqueda de significado y coherencia forma parte, de una manera o de otra, de nuestra naturaleza. Quizá por eso sentimos resistencia ante los fenómenos a los que falta alguna lógica y cuya comprensión se nos puede escapar.

La hostilidad que en significativas parcelas de nuestro espacio público se respira hacia el cristianismo y, más en concreto, hacia buena parte de lo que tiene que ver con la Iglesia Católica, entra de lleno para mí en esa frustrante experiencia.

Poco tiene de natural que lo que con todo rigor puede calificarse de “cristofobia” se extienda nada menos que en España. En una nación sin duda muy diversa y a veces contradictoria y convulsa, pero en la que la cultura católica ha sido, como no puede dejar de reconocer cualquier historiador serio, elemento esencial de nuestra identidad como pueblo. Y que, como tradición enraizada en la sucesión de generaciones, sigue viva en nuestra conciencia personal y comunitaria.

No descubro nada nuevo a los lectores de Actuall, por lo que poco aportaría recapitular aquí la cadena de episodios que justifican estas apreciaciones. En todo caso, pueden ser suficientemente ilustrativas las absurdas y artificiales polémicas que algunos cargos públicos se han empeñado en provocar durante esta Navidad, al margen por completo de cualquier sentimiento o demanda social. Aunque, eso sí, con la pasividad de la inmensa mayoría como respuesta.

Buscando las claves

¿Cómo explicar que en esta España de la posmodernidad, en la que absolutamente todo -hasta lo más aberrante y contra natura– se tolera y se respeta, se produzcan semejantes muestras de intransigencia y agresividad hacia la propuesta cristiana?

En ese tesoro del pensamiento social católico que es Centesimus Annus, de Juan Pablo II, creo que podemos encontrar algunas de las claves. La actualidad del análisis del santo polaco es sorprendente.

Afirma Juan Pablo II que el totalitarismo “nace de la negación de la verdad en sentido objetivo. Si no existe una verdad trascendente, con cuya obediencia el hombre conquista su plena identidad, tampoco existe ningún principio seguro que garantice relaciones justas entre los hombres: los intereses de clase, grupo o Nación, los contraponen inevitablemente unos a otros. Si no se reconoce la verdad trascendente, triunfa la fuerza del poder, y cada uno tiende a utilizar hasta el extremo los medios de que dispone para imponer su propio interés o la propia opinión, sin respetar los derechos de los demás. Entonces el hombre es respetado solamente en la medida en que es posible instrumentalizarlo para que se afirme en su egoísmo” (n. 44).

Por eso, concluye unas líneas más abajo, “la cultura y la praxis del totalitarismo comportan además la negación de la Iglesia. El Estado, o bien el partido, que cree poder realizar en la historia el bien absoluto y se erige por encima de todos los valores, no puede tolerar que se sostenga un criterio objetivo del bien y del mal, por encima de la voluntad de los gobernantes y que, en determinadas circunstancias, puede servir para juzgar su comportamiento” (n. 45).

Juan Pablo II FEl riesgo de una democracia sin valores

Juan Pablo II va aún más allá. El problema que ha expuesto no se reduce a los regímenes totalitarios convencionales del siglo XX.

Comenzando por destacar que “la Iglesia aprecia el sistema de la democracia”, el pontífice subraya a continuación que “una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana”.

Lo explica a continuación en un párrafo importante: “Hoy se tiende a afirmar que el agnosticismo y el relativismo escéptico son la filosofía y la actitud fundamental correspondientes a las formas políticas democráticas, y que cuantos están convencidos de conocer la verdad, y se adhieren a ella con firmeza no son fiables desde el punto de vista democrático, al no aceptar que la verdad sea determinada por la mayoría o que sea variable según los diversos equilibrios políticos. A este propósito, hay que observar que, si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción política, entonces las ideas y convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia”.

El Santo Padre no deja tampoco de advertir sobre “el peligro del fanatismo, o fundamentalismo de quienes, en nombre de una ideología con pretensiones de científica o religiosa, creen que pueden imponer a los demás hombres su concepción de la verdad y el bien. No es de esta índole la verdad cristiana (…)” (n. 46).

Cristianos y ciudadanos responsables

Hasta aquí el razonamiento de Juan Pablo II, que tanto ayuda a situar en su justo terreno la aparente anomalía a la que me refería al principio.

Chesterton fue capaz de resumir la cuestión de manera genial: en la sociedad moderna la única herejía imperdonable es la ortodoxia.

Intentar comprender las claves de la “cristofobia” en la España de hoy no es especulación banal. Es más bien un ejercicio necesario para que quienes, sin mérito por nuestra parte, hemos recibido la gracia de la fe en Cristo, no renunciemos a afirmar y proponer en la vida pública todo lo que nos ha dado a conocer la fe y el correcto ejercicio de la razón.

Y es una invitación a hacerlo desde la fidelidad a la verdad de la persona como imagen de Dios y, por eso mismo, desde el respeto a la libertad con la que los seres humanos hemos sido creados. Desde la expresión cívica y autónoma, aunque la raíz sea religiosa. Con todo gozo y derecho.

Estaremos así prestando, como ciudadanos responsables, un indispensable servicio a la convivencia y a la construcción del bien común.

Jaime Urcelay

(Publicado en Actuall http://www.actuall.com/criterios/laicismo/la-unica-herejia-imperdonable/)

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