A medida que voy conociendo mejor la biografía y la obra del gran filósofo Manuel García Morente (1886-1942), hoy tan injustamente arrinconado, más me convenzo de que el escrito El Hecho Extraordinario, el relato de su conversión de la noche del 29 al 30 de abril de 1937, durante su exilio en París, ha generado, por su propio título, un equívoco que es necesario clarificar. Una aclaración que en absoluto resta ni un ápice de valor a la que el filósofo Rafael Gambra, discípulo de Morente, consideró una de las obras de más profundo valor autobiográfico que ha producido el espíritu humano, después de las ‘Confesiones’ de San Agustín.
Antes de nada hay que precisar que, como recordarán quienes hayan leido el referido escrito, este narra dos momentos diferentes en la noche de la conversión. El primero, al que el profesor Rogelio Rovira acierta en llamar el hecho ordinario y que es el decisivo, corresponde al descubrimiento y aceptación, a través de un proceso intelectual, de la acción de Dios vivo en el curso de su vida. El segundo, es una experiencia mística subjetiva -una percepción no sensorial, como la calificó el propio Morente– de la presencia de Dios, que se produce cuando ya se ha convertido; es propiamente el hecho extraordinario.
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