Aunque Poza de la Sal (Burgos) es la localidad a la que habitualmente dedico mayor atención en este blog, hoy he querido centrarme en Salas de Bureba, un pueblo discreto y auténtico, situado a apenas cinco kilómetros de distancia. A los vínculos de todo tipo que siempre ha mantenido con Poza se suman algunos notables atractivos que justifican sobradamente esta atención.
Me anima a ello el haber conseguido un ejemplar del librito Salas de Bureba. Historia de un pueblo, editado en 2004 por el Círculo Recreativo Cultural Quasimodo. Es una buena muestra de esas historias locales editadas con mérito que, debido a su limitada difusión, pueden acabar por caer en el olvido al cabo de los años.

Una aproximación completa y sistemática a Salas de Bureba
El libro es fruto de casi veinticinco años de pequeñas contribuciones en la revista del Círculo Cultural Recreativo Quasimodo de un buen número de vecinos, lo que por sí mismo ya es algo encomiable. Luis Tudanca Carramiñana supo ver que, con toda esa información y la colaboración de Amador Peña para algunos capítulos, podía editarse una publicación que recogiese de manera sistemática y completa lo más significativo de Salas de Bureba. Se trataba, como se explica en el Preliminar, de conocer la historia de este pueblo, reconocer los vestigios que nos legaron los antepasados, conservar lo que aún queda y aportar nuestras realizaciones a la misma. Con este propósito y en una edición muy cuidada, se nos ofrecen veintidós capítulos, en 108 páginas de gran tamaño, bien documentados y con buenas fotografías, la mayoría de ellas en color.
El libro arranca con la presentación de la comarca de La Bureba –una especie de «Castilla en miniatura», se afirma-, sus rincones más singulares -incluyendo, por cierto, unos párrafos bien ajustados sobre Poza de la Sal– y la historia de su poblamiento. Sigue una descripción geográfica de Salas de Bureba y una exploración de sus orígenes históricos en el desaparecido pueblo de Salizanas, con su parroquia de San Juan de Salizanas, y en la iglesia abacial fundada en 1085 por don Pedro Díaz. Esta parte se completa con un panorama general de la historia y los principales datos del pueblo hasta el presente.
A partir de esta perspectiva inicial, que ocupa los cinco primeros capítulos, las páginas del libro nos llevan a diferentes aspectos particulares de Salas de Bureba: el interesantísimo Abadiato, que llegó a tener jurisdicción sobre 23 pueblos, entre ellos Poza de la Sal; las cinco ermitas de la villa, de las que únicamente se mantiene la del Ecce Homo; las casas solariegas, memoria silenciosa de la identidad de Salas como villa de hidalgos en los siglos XVII y XVIII, de las que aún pueden contemplarse ocho, además de la magnífica Casa Rectoral, con un repertorio de blasones tallados en piedra que ha llevado al Ayuntamiento a deseñar una Ruta Heráldica que sorprende al visitante; o el gran edificio de la actual iglesia parroquial, de estilo neoclásico, de la que fue principal mecenas D. Manuel Quintano y Bonifaz, Arzobispo de Farsalia e Inquisidor General de España e Indias, construida sobre la primitiva iglesia románica.
Todo se lee con interés -las páginas dedicadas al Catastro de la Ensenada, la pequeña historia del cementerio, la Capellanía de Doña María Josefa Velezfrías y Quintano, las estampas de hombres célebres, la tradicional celebración de la Matanza, la fiestas de Quasimodo, las danzas y todo el resto de capítulos-, pero personalmente me han conmovido especialmente tres capítulos, llenos de esos gestos de profunda humanidad para los que normalmente solo tienen sensibilidad los libros de pequeña historia, de intrahistoria, como este que ahora comento.

Historias que conmueven
El primero es el dedicado al Hospital de Pobres fundado en 1597 por Sancho Ortiz y su mujer Elvira de Cantabrana, una historia de caridad cristiana que muestra hasta dónde puede llegar la entrega a los más desposeídos, como testimonia el relato de lo sucedido en el año 1942.
El segundo es el relativo a la creación en 1873 de la Escuela Dominical, que se sumó a las escuelas de niños y niñas ya existentes en el pueblo y estaba dirigida a la formación de las mujeres jóvenes. Sus beneficios sociales y culturales para las mujeres de Salas de Bureba fueron muy importantes hasta su desaparición, parece que en 1932.
Y, por último, el capítulo sobre el acondicionamiento del acceso a la iglesia parroquial y la colocación del Monumento del Sagrado Corazón de Jesús, esa belleza exclusiva que tiene Salas de Bureba, como dice el libro. Inaugurados solemnemente en 1951, la historia de la financiación de las obras y de su construcción, por iniciativa del párroco D. Tomás Alonso Guitarte, es asombrosa. Todo un ejemplo de tenacidad, sentido comunitario y piedad religiosa. Baste decir que todo el pueblo, incluidos mujeres y niños, participó con picos y palas, palmo a palmo de tierra, en los trabajos.

Amor a la comunidad de pertenencia
En definitiva, Salas de Bureba. Historia de un pueblo es un libro modélico en su género, escrito con rigor y orden, con buena pluma, vistoso en sus fotografías, y que destila en todas sus páginas esa virtud de la piedad que lleva a amar a nuestros mayores, a nuestra tierra y comunidad de pertenencia, cuidando tanto de su legado material como espiritual. Con toda razón, la obra termina con un párrafo que no me resisto a transcribir:
Renunciar al pasado es matar la propia historia. La cultura que se desprende de los monumentos, de las tradiciones, de los escritos, de las pinturas y otros objetos de la historia necesita del cultivo de todos para que ese árbol no se seque y muera. Edificar sobre cimientos que no ha podido derribar el paso de los años, es garantía de supervivencia ante las embestidas de otras culturas destructoras.
Jaime Urcelay
