«Salas de Bureba. Historia de un pueblo», de Círculo Recreativo Cultural Quasimodo (ed.)

Aunque Poza de la Sal (Burgos) es la localidad a la que habitualmente dedico mayor atención en este blog, hoy he querido centrarme en Salas de Bureba, un pueblo discreto y auténtico, situado a apenas cinco kilómetros de distancia. A los vínculos de todo tipo que siempre ha mantenido con Poza se suman algunos notables atractivos que justifican sobradamente esta atención.

Me anima a ello el haber conseguido un ejemplar del libro Salas de Bureba. Historia de un pueblo, editado en 2004 por el Círculo Recreativo Cultural Quasimodo. Es una buena muestra de esas historias locales editadas con mérito que, debido a su limitada difusión, pueden acabar por caer en el olvido al cabo de los años.

Claustro inconcluso de «La Rectoral o «Casa del Cura» de Salas de Bureba, edificio de gran porte aleñado a la iglesia de la villa. Después de unos años de lamentable abandono, fue vendida a particulares por el Arzobispado de Burgos y está ya muy avanzada su restauración. Se trata de una vieja abadía-colegiata mandada construir por el Abad Licenciado Don Andrés del Castillo Pesquera, en 1603, según consta en un escudo situado en la escalera. El blasón que pued eapreciarse entre las dos filas de arcadas (Foto del autor).

Una aproximación completa y sistemática a Salas de Bureba

El libro es fruto de casi veinticinco años de pequeñas contribuciones en la revista del Círculo Cultural Recreativo Quasimodo de un buen número de vecinos, lo que por sí mismo ya es algo encomiable. Luis Tudanca Carramiñana supo ver que, con toda esa información y la colaboración de Amador Peña para algunos capítulos, podía editarse una publicación que recogiese de manera sistemática y completa lo más significativo de Salas de Bureba. Se trataba, como se explica en el Preliminar, de conocer la historia de este pueblo, reconocer los vestigios que nos legaron los antepasados, conservar lo que aún queda y aportar nuestras realizaciones a la misma. Con este propósito y en una edición muy cuidada, se nos ofrecen veintidós capítulos, en 108 páginas de gran tamaño, bien documentados y con buenas fotografías, la mayoría de ellas en color.

Salas cuenta con un significativo conjunto de arquitectura nobiliaria y popular, formado por casas solariegas y edificios históricos repartidos por la localidad. En esta imagen reciente, casa señorial de finales del siglo XVII o comienzos del XVIII, en los últimos tiempos de las familias González y Villaciaín (¿o Villacián?), con monumental escudo de armas de los Gallo y dos leones rampantes. En su fachada puede verse también el rótulo de la calle Cardenal Segura. El que fuera ilustre cardenal primado de España y arzobispo de Sevilla, tuvo en Salas su primer destino como párroco entre 1908 y 1909. En 1928 el pueblo entero, reunido en concejo extraordinario, le nombró hijo adoptivo de la villa, al mismo tiempo que le dedicó la calle hasta entonces llamada del Medio (Foto del autor).

El libro arranca con la presentación de la comarca de La Bureba –una especie de «Castilla en miniatura», se afirma-, sus rincones más singulares -incluyendo, por cierto, unos párrafos bien ajustados sobre Poza de la Sal– y la historia de su poblamiento. Sigue una descripción geográfica de Salas de Bureba y una exploración de sus orígenes históricos en el desaparecido pueblo de Salizanas, con su parroquia de San Juan de Salizanas, y en la iglesia abacial fundada en 1085 por el magnate don Pedro Díaz. Esta parte se completa con un panorama general de la historia y los principales datos del pueblo hasta el presente.

Danzantes de Salas de Bureba en el Calvario de Poza de la Sal con ocasión de la Romería Castellana celebrada el 7 de julio de 1946. El libro Salas de Bureba. Historia de un pueblo, que dedica un completo capítulo a las danzas de la villa, recoge los nombres de quienes entonces formaron el grupo: Eliseo Arce, Cecilio Alonso, Manolo Martínez, José Núñez, Agustín Núñez, Julio Núñez, Aureliano Rojo y Basilio Bonachía. Al igual que ocurrió con el Escarrete de Poza, las danzas de Salas se perdieron en los años 60 al producirse la despoblación. Fueron recuperadas, con no poco esfuerzo, en el año 1991 gracias al empeño de Javier Núñez y los jóvenes que entonces compusieron el grupo, con la colaboración de la Diputación Provincial de Burgos y el Círculo Recreativo Cultural Quasimodo (Foto: Virgilio Soto. ADPBU-VS-15666).

Baile de paloteros de Salas de Bureba durante la Romería Castellana celebrada en Poza de la Sal en 1946. Las danzas de Salas se interpretaban por ocho danzantes, con vestimenta característica, dirigidos por el «bobo» (ver ejecución de las danzas en 2007 en este enlace). Lamentablemente, se han abandonado otra vez en los últimos años (Foto: Vicente González Manero. AMU-GM – 2119).

A partir de esta perspectiva inicial, que ocupa los cinco primeros capítulos, las páginas del libro nos llevan a diferentes aspectos particulares de Salas de Bureba: el interesantísimo Abadiato, que llegó a tener jurisdicción sobre 23 pueblos, entre ellos Poza de la Sal; las cinco ermitas de la villa, de las que únicamente se mantiene la del Ecce Homo; las casas solariegas, memoria silenciosa de la identidad de Salas como villa de hidalgos en los siglos XVII y XVIII, de las que aún pueden contemplarse ocho, además de la imponente Casa Rectoral, con un repertorio de blasones tallados en piedra que ha llevado al Ayuntamiento a deseñar una Ruta Heráldica que sorprende al visitante; o el gran edificio de la actual iglesia parroquial, de estilo neoclásico, de la que fue principal mecenas D. Manuel Quintano y Bonifaz, Arzobispo de Farsalia e Inquisidor General de España e Indias, construida sobre la primitiva iglesia románica.

Todo se lee con interés -las páginas dedicadas al Catastro de la Ensenada, la pequeña historia del cementerio, la Capellanía de Doña María Josefa Velezfrías y Quintano, las estampas de hombres célebres, la tradicional celebración de la Matanza, la fiestas de Quasimodo, las danzas y todo el resto de capítulos-, pero personalmente me han conmovido especialmente tres capítulos, llenos de esos gestos de profunda humanidad para los que normalmente solo tienen sensibilidad los libros de pequeña historia, de intrahistoria, como este que ahora comento.

Panorámica reciente de la iglesia parroquial de Santa María, de estilo neoclásico, concluida en 1779, y monumento al Sagrado Corazón de Jesús, inaugurado en 1951, en Salas de Bureba. Un documento de 1796 atestigua que para la fábrica de la iglesia se utilizó piedra labrada procedente de las cercanas ruinas del asentamiento romano al que se ha nombrado como Flaviaugusta (Foto del autor).

Historias que conmueven

El primero es el dedicado al Hospital de Pobres fundado en 1597 por Sancho Ortiz y su mujer Elvira de Cantabrana, una historia de caridad cristiana que muestra hasta dónde puede llegar la entrega a los más desposeídos, como testimonia el relato de lo sucedido en el año 1942.

El segundo es el relativo a la creación en 1873 de la Escuela Dominical, que se sumó a las escuelas de niños y niñas ya existentes en el pueblo y estaba dirigida a la formación de las mujeres jóvenes. Sus beneficios sociales y culturales para las mujeres de Salas de Bureba fueron muy importantes hasta su desaparición, parece que en 1932.

Inauguración y bendición del monumento al Sagrado Corazón de Jesús de Salas de Bureba el 30 de octubre de 1951. Por la mañana se celebraron sendas misas por los jesuitas P. José Antonio Berra y P. Antonio Rivera Meneses, ambos del Colegio Máximo de Oña, con prédica en la segunda del P. César Ruiz. Ya por la tarde presidió el acto de inauguración el gobernador civil de Burgos, Alejandro Rodríguez de Valcárcel, oficiando el P. Clemente Rodríguez, hijo de Salas. El también hijo del pueblo P. García Ortiz, SJ, dirigió una alocución a los presentes y el alcalde de la localidad, José González Ruiz, leyó, en nombre del vecindario de Salas, la fórmula de consagración al Sagrado Corazón de Jesús. El acto terminó con un discurso del gobernador civil y el homenaje al ya fallecido Jesús Rivera Meneses, ex-gobernador civil de Valladolid y secretario que fue de las Cortes Españolas, bienhechor del pueblo cuyas gestiones para la construcción del monumento fueron decisivas. La estatua del Sagrado Corazón, de dos metros de altura, es obra del escultor bilbaíno José Larrea Echániz (Foto: Círculo Recreativo Cultural Quasimodo).

Y, por último, el capítulo sobre el acondicionamiento del acceso a la iglesia parroquial y la colocación del monumento del Sagrado Corazón de Jesús, esa belleza exclusiva que tiene Salas de Bureba, como dice el libro. Inaugurados solemnemente en 1951, la historia de la financiación de las obras y de su construcción, por iniciativa del párroco D. Tomás Alonso Guitarte, es asombrosa. Todo un ejemplo de tenacidad, sentido comunitario y piedad religiosa. Baste decir que todo el pueblo, incluidos mujeres y niños, participó con picos y palas, palmo a palmo de tierra, en los trabajos.

Espléndida talla románica, de tipología bizantina, del Cristo de los Buenos Temporales, de la primera mitad del siglo XIII, sobre un retablo del XIX, en la iglesia parroquial de Santa María, en Salas de Bureba. La talla está relacionada estilísticamente con el Cristo de Santa Trigridia, del cercano Monasterio de San Salvador de Oña (Foto: Círculo Recreativo Cultural Quasimodo).

Amor a la comunidad de pertenencia

En definitiva, Salas de Bureba. Historia de un pueblo es un libro modélico en su género, escrito con rigor y orden, vistoso por sus fotografías. Destila en todas sus páginas esa virtud de la piedad que lleva a amar a nuestros mayores, a nuestra tierra y comunidad de pertenencia, cuidando tanto su legado material como espiritual. Con toda razón, la obra termina con un párrafo que nos interpela:

Renunciar al pasado es matar la propia historia. La cultura que se desprende de los monumentos, de las tradiciones, de los escritos, de las pinturas y otros objetos de la historia necesita del cultivo de todos para que ese árbol no se seque y muera. Edificar sobre cimientos que no ha podido derribar el paso de los años, es garantía de supervivencia ante las embestidas de otras culturas destructoras.

Jaime Urcelay

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