“Mis recuerdos de Poza de la Sal”, de Javier Urcelay

Javier Urcelay, autor del texto, en Poza de la Sal, entre la calle Ancha y la calle del Dómine, en una fotografía reciente (Foto: Jaime Urcelay).

NOTA.- Me siento muy identificado con el texto que hoy propongo, escrito hace algunos años para nuestra familia por mi buen hermano Javier, al que tanto debo en la orientación de mi vida. En él evoca sus vivencias de Poza de la Sal (Burgos), “una llamada interior diferente” que entrañablemente compartimos.

La vida del hombre en el período de su madurez es, se ha dicho, un continuado retorno a los paraísos de su infancia. Al menos debe ser así para los que tuvieron la suerte de tener una niñez feliz que les permitió abrirse al mundo en una atmósfera de seguridad y afecto.

Doy gracias a Dios, que me permitió nacer en una familia maravillosa, porque éste fue mi caso, de forma tal que no tengo más remedio que testimoniar, ahora que apuro la edad adulta, la veracidad de esa afirmación inicial.

Siendo tres o cuatro generaciones de mi familia pozanos, pasé en Poza de la Sal los primeros veranos de mi vida, prácticamente hasta el filo de la adolescencia. En ella sentí la libertad de un mundo que un niño podía dominar sin preocupación de sus padres. Mis recuerdos de entonces son inconexos, pero todos tocados de una nota de amabilidad, en el sentido más etimológico de la palabra.

Aquellas calles de toscas piedras de ofita contra las que chasqueaban las herraduras de machos y burros. El canalillo de agua que bajaba por ellas para distribuir el riego a las huertas, y que era cauce improvisado de carreras de barquitos de corteza de pino o tapones de corcho. Las gallinas, con marcas de pintura roja o azul en sus alas, y que eran peatones inevitables en todas las calles y rincones. Las eras, donde trillar era como un tiovivo del que uno se bajaba con el polvo y la paja ensortijados en el pelo, en los zapatos y hasta las guaridas más recónditas de los bolsillos del pantalón. El Calvario, donde jugábamos al Bote, al Rescate y otros juegos con los que los niños lo pasábamos estupendamente sin necesidad de videoconsolas. Los pozos de riego de las huertas, lugar concurrido de ranas, culebras, larvas de libélula o restos de un pajarillo muerto que flotaba inerte. Las frutas, verdes aún casi siempre, sobre todo manzanas y ciruelas claudias, colgando en el borde del camino para una merienda improvisada y furtiva, castigada casi inevitablemente con tres días de cagalera. Las pipas en la plaza, y el baile con la banda en el kiosco a la menor ocasión, en el que las chicas bailando entre ellas reclamaban a los mozos más dispuestos.

Las excursiones al Castellar y Fuente Banasta, a la Cueva de la Verana o al Arenal, a afilar las navajas. Las trampas de liga en charcos y arroyuelos junto al almacén de la Magdalena para atrapar algún jilguero o verdecillo desapercibido. Las subidas al castillo, a encontrar el pasadizo del moro Muza, que justamente desembocaba –oímos decir desde siempre- en el sótano de la casa de mi abuela. Las caminatas, bocadillo en mano, al pinar de Cornudilla, o hasta Oña, y las vueltas a paso ligero porque los primeros truenos y el olor a humedad presagiaban tormenta inminente. Las bajadas a bañarse al río, si había suerte y el agua no bajaba color chocolate, y las subidas cuesta arriba a la hora de comer, justo en lo peor de la canícula. Aquél rótulo en aspa junto a la vía: “Ojo al tren, paso sin guarda”, que nosotros cambiábamos por el más ingenioso “Ojo al guarda, paso sin tren”.

Las subidas al castillo, a encontrar el pasadizo del moro Muza, que justamente desembocaba –oímos decir desde siempre- en el sótano de la casa de mi abuela. (En la imagen, de los años 6o, el Picón de Santa Engracia y, al fondo, el castillo de los Rojas, en Poza de la Sal. Ambos monumentos han sido restaurados ya en el siglo XXI. Foto FEDE. Archivo Urcelay).

Las primeras niñas en las que uno se fijaba y a las que dejaba secretos mensajes de amor eterno en las cortezas de los árboles. Las “actuaciones” en el podio de la Comarcal, escenario casi perfecto para unos beatles de doce años, pantalón corto y flequillo. La Pauli, proveedora ilimitada de ciruelas claudias y empeñada en hacernos amigos de sus sobrinos Fausto y Ana, el primero con una talla de zapatos que le impedían jugar al “avión” sin pisar las rayas; el tío Pepín “el del estanco”, que convertía en un suplicio de afabilidades sin final el encargo de comprar un sello o una cajetilla de tabaco; Tori el carpintero, que tocaba en la banda; “Barrabás”, que era el fontanero y tenía más peligro que la propia gotera; Fede, admirable tenor en Domingos y fiestas de guardar; el “Orejas”, mote obvio, al que le gustaban los niños mucho menos que a su competencia del bar de Feliciano, donde la Pompa era amable y la Pompita ofrecía cercanía generacional; las Ibáñez, tolosanas beatíficas de las de antes y puntuales a la visita vespertina y la partida de cartas con la abuela como un militar al puesto de guardia; la Juli, farmacéutica de mucho banco en la calle y poco mostrador; José Luís, el alcalde, encarnación de la autoridad de entonces, respetable y respetada, presidiendo desfiles y celebraciones con la dignidad de quien sabía representar a un pueblo entero y no a un partido del mismo.

Luego estaban las tiendas del pueblo de las que, panaderías y oficios aparte, creo que solo había tres: la de la Carmencilla, una especie de viejecita en miniatura, encarnación misma de la bondad, y que tenía una tienda de comestibles también diminuta, en el ángulo de la iglesia, que parecía de casita de muñecas; la de Jesusito, en la Plaza Vieja, que era una especie de ferretería a lo chino, en la que se podía comprar todo lo que no se podía comer –ese territorio era de la Carmencilla-, desde una bombilla hasta un saco de abono para los árboles; y la de D. Elías el veterinario, también en la Plaza Vieja, que compaginaba el oficio de albéitar con la venta de alpargatas. A ellos se unían, como digo, las panaderías y los establecimientos de otros oficios: el taller del herrero, la carpintería del Tori, el molino de harina de debajo de casa –su dueño se asomaba siempre con el pelo, las cejas y los hombros blancos, como si le hubiera nevado encima-, el matadero de Martín que regentaba también carnicería y fonda en la Calle Mayor, y los bares, de los que el de Feliciano y el de Orejas, en la Plaza Nueva, eran la referencia y el de Felipe Quintano una especie de sede restringida para iniciados. En el matadero entraba con frecuencia, porque siempre pasaban cosas interesantes. La mayor parte de las veces había algún cordero al que se acababa de matar, y del que se recogía la sangre caliente en un cubo. Aquello tenía su morbo. Ahora, pensándolo de mayor, supongo que sería para hacer morcillas. Entonces me parecía el summum de lo inaudito de aquel lugar, una especie de rito masai. Entonces esas cosas se comían con naturalidad. A mi padre le encantaba la sangre que le preparaba la abuela, y que a los niños nos parecía vomitiva. No nos la daban a nosotros, pero sí nos ponían con frecuencia hígado, criadillas y sesos. Yo por entonces no tenía ni idea de qué parte del animal procedían aquellas cosas.

En el matadero entraba con frecuencia, porque siempre pasaban cosas interesantes (En la imagen, el antiguo matadero de Poza, ya entonces clausurado, antes de la completa rehabilitación de su edificio, para otros usos, en el año 2008. Foto: Jaime Urcelay).

Claro que el matadero no le llegaba en excitación al mercado de cerdos que se hacía de pascuas a ramos cerca del Calvario, y que llenaba el pueblo entero de los estridentes chillidos de los pobres animales que viajaban atados de mano en mano como presos de guerra. Eran muy pequeños entonces, pero luego se ponían gordos como tranvías mantenidos en las casas y alimentados con las sobras de la comida. En la calle de debajo de casa había uno en su pocilga, abierta a la calle con un medio portalón, al que nos subíamos para verlo. Apenas podía moverse, por gordo él y estrecho el recinto. Le bajábamos a ver de vez en cuando, resistiendo el mal olor, mezcla de su propio aroma y de las mondas de patata hediondas y otros restos de comidas que le echaban a cubos.

La convivencia con los animales era entonces mucho más estrecha que ahora. Rara era la casa que no tenía algún inquilino, fuera burro, perro, gato o gallinas, normalmente en dependencias de la planta baja, y en todo caso moviéndose por la zona aledaña como Pepe por su casa. Los perros de D. Elías, una especie de perdigueros de buena talla y actitud somnolienta, eran parte del mobiliario natural de la Plaza Vieja. Las cacas de burro, mezcladas con la paja que caía de sus alforjas de los machos [1] que venían de las eras, eran parte del tapizado de la calle, y las gallinas hacían el papel de servicio de limpieza a su manera, desgranando su contenido para reciclaje. Vacas no había, o por lo menos no las recuerdo, y las ovejas andaban en rebaños por el Páramo. Aquello era sobre todo una cuestión de machos y gallinas. Por cierto que los machos y los burros tenían todos nombres, que no en vano es ésta de poner nombre a los animales potestad que nos fue concedida en el Génesis.

Aquellas calles de toscas piedras de ofita contra las que chasqueaban las herraduras de machos y burros (En la imagen, tomada en los años 50 del pasado siglo, familia de labradores pozanos con dos machos y un burro en la calle de La Red de Poza de la Sal, ya próximos al Arco del Ayuntamiento. Foto: Archivo Urcelay).

Lugar especial en mis recuerdos merecen las procesiones y rosarios generales, en las que las avemarías avanzaban como trenes de olas, terminando la cola la oración después de empezar la cabecera la siguiente. La primera cantada, con las estrofas acompasadas con las  pisadas en el empedrado y la música de la banda marcando el ritmo del paso, y las otras recitadas, más aburridas. Aquél Dios-te-sal-ve-sal-ve-María-Lle-na-e-res-eres-de-gracia… subrayado por el arranque de los platillos y trompetas, es ya parte inseparable de la banda sonora de mi niñez pozana.

Y las misas acompañando a mi abuela, que tenía un banco en la iglesia que le parecía reservado, y que a la salida era agasajada por todas las mujeres del pueblo que se interesaban por ella. Misas que decía Don Feliciano, que sucedió a un Don Modesto al que ya no pongo rostro, pero sí agradecimiento, porque me hizo monaguillo, de los de antes, con vestimenta de entonces, cuello de armiño, y campañilla para la Consagración. Sobre todo con campanilla, porque sin campanilla entiendo que ya no merezca la pena ser monaguillo. Don Feliciano era un tipo enjuto, tan castellano como la paramera y las piedras del castillo, tan sobrio que parecía sólo piel rellenando el esqueleto. Sus misas eran austeras, a juego con el frío de la iglesia, que dejaba pocas ganas a expansiones o excesos de devoción. Ir a misa, y no digamos a los Oficios de Semana Santa, era para un niño un ejercicio espeleológico, casi como meterse en una oquedad bajo tierra, tan fría, tan oscura, tan de tiritona. Mamá nos decía: “abrigaros bien, que vamos a la iglesia”.

Don Feliciano era un tipo enjuto, tan castellano como la paramera y las piedras del castillo, tan sobrio que parecía sólo piel rellenando el esqueleto. Sus misas eran austeras, a juego con el frío de la iglesia. (En la imagen, el P. Feliciano Martínez Archaga, párroco e historiador de Poza, ya jubilado, con Javier Urcelay en la primavera de 2010. Fue en Burgos, con ocasión de la preparación de nuestro libro “Páginas de la Historia de Poza de la Sal”. Foto: Jaime Urcelay).

Mi tía Maritere niega que yo pasara en Poza ninguna Semana Santa, pero vaya si fui veces, y vaya si acompañé al tío Manolo, su marido, a pescar al Nela, un año con su sobrino Vicente incluido. Sus tardes en el cuarto de estar de Poza preparando las moscas formaban parte de la liturgia de la Semana Santa casi tanto como los propios oficios. Me refiero a las moscas o anzuelos con ese nombre con el que pescaba las truchas. Las moscas de las otras no necesitaban prepararse: tenían en la mesa de mármol fría de la cocina en verano lugar de asamblea y de concentración multitudinaria. Toda una provocación para pasar la mano deprisa y cazarlas a puñados, operación que iba acompañada inevitablemente de un “no seas guarro” pronunciado por cualquier otra persona que estuviera en ese momento en la cocina. Verse con varias espachurradas entre los dedos daba a final un poco de asco, y desde luego carecía de la emoción del golpe seco del cazamoscas, una especie de “pádel” de pueblo –los cazamoscas tenían forma de raquetitas hechas de alambre- para niños de la época. A mí me gustaba tanto lo uno como lo otro, y la única guarrada en el arte cinegético en materia de moscas me parecían aquellas cintas pegajosas y amarillentas que alguien trajo un año para colgar del techo y donde las moscas se quedaban pegadas a aquella especie de lámpara mortífera. Una verdadera porquería.

Las pipas en la plaza, y el baile con la banda en el kiosco a la menor ocasión, en el que las chicas bailando entre ellas reclamaban a los mozos más dispuestos. (En una postal de 1968, la Plaza Nueva,  moderno centro neurálgico de la villa de Poza de la Sal. Al fondo a la derecha, el icónico autocar de Soto y Alonso. Archivo Urcelay).

El Poza del comienzo precoz de la adolescencia tenía ya otras actividades más “de adulto”: fumarnos las hojas secas del plátano oriental de la puerta de casa enrolladas por una servilleta del bar, experiencia tan desagradable que pronto fue sustituida por una cajetilla furtiva de “46” escondida en el hueco de un muro de piedra del camino al río, y que entre visita y visita criaba humedad que dejaba los pitillo blandurrios y mohosos; seguir a los grupos de chicas o dar vueltas al pueblo para hacerse el encontradizo; darse caminatas a Terminón, donde llegaba un autobús que traía a unas mozas de buen ver, creo que de Bilbao; y habilitar un bajo en la Plaza Nueva como lugar de guateques. Eso más mi hermano Antonio, que tuvo un altercado a lo West Side Story un verano con un macarra francés que estuvo a punto de costarnos un disgusto. Aquel tipo, que formó pandilla, no estuvo en Poza más que unas semanas, pero fueron suficientes para ponernos en estado de alerta general. Llevaba unos botines puntiagudos que no se habían visto nunca entre españoles, andaba con pantalones ajustados –y hasta creo que sin bragueta- y tenía el aire desafiante y pendenciero de los arrabales de París. La tomó con el pobre Toñín, que debía “haber mirado a su chica” y se empeñó en rajarle. O al menos durante aquel terror vivimos aquellos días, hasta que el angelito desapareció del pueblo por el mismo camino ignoto por el que había llegado.

Poza era una prolongación de mi propio hogar y la extensión de mi misma familia. Creo que ese episodio de un verano bajo la amenaza de un matón de arrabal francés es el único recuerdo pozano que no me despierta en el corazón benevolencia.

Con el paso de los años y por los destinos de mi padre, dejamos de pasar los veranos en Poza, que fueron sustituidos por estancias más breves en Semana Santa y otras fechas señaladas. Recuerdo entre éstas el año de Preu, en el que acudí a Poza con unos amigos cuando el pueblo estaba cubierto por una inmensa nevada. Cuando bajamos del autobús de Soto y Alonso que nos trajo de Burgos, la radio daba la noticia de que la temperatura era en ese momento de ¡24 grados bajo cero! El chorro parabólico del pilón del jardín estaba congelado, y sólo se descongelaba cuando le daba un tímido sol unos minutos al mediodía. Después, volvía inmediatamente a convertirse en estalactita. Dormíamos con los abrigos y los guantes, alguno de mis compañeros puede que incluso con botas, y sobrevivíamos a base de hacer café, no tanto para bebérnoslo, sino para poner las manos a calentar en las paredes de la cafetera.

Poza estaba como nunca, cubierta por una espesa capa de nieve que redondeaba todos los contornos, convirtiendo los picos de la Verana, el Volcán y la montaña del Castillo en suaves lomas por las que rodar. (Vista nevada de Poza de la Sal desde las ruinas del almacén de sal del Trascastro. Foto: Ángel Güémez Poncela. III Concurso Fotográfico “Burgos a la vista”. Diputación Provincial de Burgos).

Poza estaba como nunca, cubierta por una espesa capa de nieve que redondeaba todos los contornos, convirtiendo los picos de la Verana, el Volcán y la montaña del Castillo en suaves lomas por las que rodar. Mi amigo Alejandro Izuzquiza lo intentó, y estuvo a punto de quedar sepultado en el escalón lateral de la carretera, que es donde fue a caer creyendo que era superficie dura. Se lo hubieran comido los buitres, porque esos días campeaban a sus anchas y no tenían pudor en reunirse en grupo al borde de la carretera.

Tras el fallecimiento de mi abuela –verdadera matriarca familiar- y su entierro en el cementerio de Poza, mis contactos con el pueblo se fueron espaciando. Ya casado, había tratado de encontrar en él alguna casa o terreno para construirme una, pero confieso que la intentona resultó fallida porque aquellas huertas que a uno le parecían semiabandonadas, valían para sus propietarios más que parcelas en la “milla de oro”. Así las cosas, enfilé hacia el Mediterráneo en busca de ese tándem de sol y playa al que mi vida había sido hasta aquel momento totalmente ajena, pero que gustaba a mi mujer. Al fin y al cabo me había casado con ella para tratar de hacerla feliz.

Pero la vida es un eterno retorno, y los afectos más arraigados en lo profundo de nuestro ser no dejan nunca de atraer como imperceptibles líneas magnéticas. Esta llamada de la tierra volvió a traerme a Poza, pasadas ya casi dos décadas y después de casi extinguido el contacto, y a convertirme en vecino del pueblo, propietario por puro azar de una casa construida sobre un terreno que, cerrando el círculo, había sido un huerto de mis antepasados.

Mi regreso a Poza ha sido el retorno a mis orígenes. Cada piedra, cada fuente, cada curva del camino tiene para mí un nombre. El aire frío de la mañana le es familiar a mis pulmones, y la silueta de los buitres recortando el fondo azul por encima de la Cueva de la Verana dibuja el cielo bajo el que creo siempre haber vivido. (En la imagen, reciente, Javier contempla – desde las elevaciones de San Cristóbal- la villa de Poza de la Sal, el Castillo de los Rojas y la llanura burebana. Foto: Jaime Urcelay).

Mi regreso a Poza ha sido el retorno a mis orígenes. Cada piedra, cada fuente, cada curva del camino tiene para mí un nombre. El aire frío de la mañana le es familiar a mis pulmones, y la silueta de los buitres recortando el fondo azul por encima de la Cueva de la Verana dibuja el cielo bajo el que creo siempre haber vivido. Me doy cuenta hasta qué extremo sigo siendo aquél niño que con mirada ingenua contemplaba el mundo que por primera vez se desplegaba ante sus ojos.

Desde que mi condición de vecino de Poza ha restituido mis derechos espirituales de propietario de sus calles, sus campos, sus gentes y sus cielos, he sentido la necesidad de devolver todo lo que me ha dado, de contribuir a “hacer Poza” en la medida de mis fuerzas, de no ser un hijo del pueblo estéril o indiferente.

A estos sentimientos responde el móvil íntimo que me puso a escribir sobre la historia pozana. Con ello he buscado ayudar, en la medida de mis posibilidades, a que Poza y los pozanos se conozcan más a sí mismos, porque sólo lo que se conoce se puede amar.

A estos sentimientos responde el móvil íntimo que me puso a escribir sobre la historia pozana. Con ello he buscado ayudar, en la medida de mis posibilidades, a que Poza y los pozanos se conozcan más a sí mismos, porque sólo lo que se conoce se puede amar. (En la imagen, portadas de los dos libros escritos por Javier Urcelay sobre Poza de la Sal).

Elegí primero un capítulo de la Guerra de la Independencia –“El Combate de Poza”- porque leyendo un voluminoso libro francés sobre las campañas napoleónicas encontré a Poza en el índice onomástico. ¡Poza tenía un lugar en la historia universal y en el libro de Don Feliciano sólo se le dedica a ese episodio un párrafo!, pensé para mis adentros[2]. A partir de ahí se inició un impulso febril para conocer más sobre aquél “Combat du Posa” del que los pozanos actuales sólo sabían que “dejaron a Palombini en calzones”.

Después vinieron las “Páginas de la Historia de Poza de la Sal”, escritas con mi hermano Jaime. El pretexto fue ahora el desamortizado convento de San Bernardino, en ruina material y, sobre todo, en peligro de extinción espiritual. Pero el motivo verdadero fue en este caso unir mi nombre al de mi queridísimo hermano Jaime, mi alma gemela en versión buena, y entrelazar ambos con el de nuestra amada Poza, en un lazo que, fuera lo que fuera de ella y de nuestras vidas, quedaría ya ahí atado para siempre como testimonio de la fuerza que en el hombre tiene el arraigo –sentirse parte de algo- y la domesticación, que es hacer de algo el propio hogar en el que morar. Un libro que otros puedan leer parecía un buen medio, porque siempre he creído que los amores genuinos, como la verdad, son por su propia naturaleza comunicativos.

Voy con frecuencia al cementerio, a contemplar en silencio la tumba de los Urcelay, de ese grupo de gente al que pertenezco porque “yo soy yo y mis antepasados”, que vienen a ser la “circunstancia” de la que hablaba Ortega.  (En la imagen, la tumba de la familia Urcelay en el cementerio de Poza de la Sal. Foto: Jaime Urcelay).

Hoy, en plena mocedad de la tercera edad, a punto de empezar a hacer las maletas, Poza es una llamada interior diferente. Con algo de sereno y nostálgico, a la que “oigo” como quien oye desde lejos las voces familiares de unos niños jugando en el patio, a los que sabe seguros y felices, mientras uno está concentrado en sus ocupaciones. Mezclada de recuerdos y de realidades de ahora, sin empeño por mi parte en separar unos de otros.

Voy con frecuencia al cementerio, a contemplar en silencio la tumba de los Urcelay, de ese grupo de gente al que pertenezco porque “yo soy yo y mis antepasados”, que vienen a ser la “circunstancia” de la que hablaba Ortega. En ese sepulcro, amplio y espacioso como habitación bajo tierra, me gustaría reposar algún día, con un rosario y una boina, tranquilico, a la espera de que la Divina Misericordia se apiade de mí.

La muerte debe ser de otra manera cuando se la recibe en casa, en terreno familiar. Mirando la lápida con los nombres de los míos, pienso con conformidad: ¡Qué paz!, ¡Qué buenas vistas, al pie del Castillo! ¡Y le da bastante el solecillo en los días azules y maravillosos de la primavera pozana, en la que toda la Creación se viste de Resurrección!

Javier Urcelay

[1] Macho es el nombre que reciben en Castilla los mulos.

[2] El comentario se refiere al libro de D. Feliciano Martínez Archaga Poza de la Sal y los pozanos en la Historia de España (Imprenta Monte Carmelo, Burgos, 1984), el libro sobre Poza por antonomasia.

4 comentarios en ““Mis recuerdos de Poza de la Sal”, de Javier Urcelay

  1. !!!Maravilloso!!! La mejor biografía de una persona ajena a las pretensiones novelescas de la mayoría de las escritas
    Sentimientos y valores de todo tipo que se van desgranando entre líneas con una sencillez e inocencia tales que te permite seguir la evolución niño-hombre como algo natural, sin darle importancia
    Para mí, forastero, muchos nombres me son desconocidos, no así los lugares, pero todo el relato me ha hecho vivir un momento mágico , como si hubiera nacido en este maravilloso pueblo y del que un día me enamoré perdidamente
    Gracias Javier.

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    • Muchas gracias por tu comentario, Carlos. Resulta muy motivador para seguir intentando aportar desde aquí algo para que Poza se conozca mejor, ese empeño en el que tanto te debemos también a tí. Un fuerte abrazo.

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    • Muchas gracias por tu comentario, Siente Padrones de Bureba. Me alegra que te haya gustado el texto de Javier; tiene buena pluma. Por lo demás, no puedo estar más de acuerdo en lo que dices sobre la importancia del arraigo. Y estoy convencido de que la gente acabará por regresar “a casa”. Escribía Simone Weil, con toda razón, que “el desenraizamiento destruye todo salvo el deseo de pertenencia”. Saludos.

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