Voto útil: ¿algunas cosas nunca cambian?

España ha entrado ya en un largo período electoral que se anuncia como “el más fragmentado y polarizado” de las últimas décadas. Concurren, efectivamente, factores nuevos que apuntan hacia una etapa política algo diferente. Pero como en el viejo dicho… “algunas cosas nunca cambian”.

Una de ellas es la apelación de las fuerzas mayoritarias al voto útil, tal y como acaba de hacer Pablo Casado al pedir a Vox que, “por responsabilidad”, no se presente a las elecciones generales en las 28 provincias con cinco o menos escaños. La dispersión del voto de la derecha, según ha mantenido en Zaragoza el líder del PP en una reunión con afiliados de su partido, acabaría convirtiéndose en escaños para el PSOE y Podemos. “El PP ha comenzado una ofensiva total por el voto útil de la derecha”, afirmaba El Mundo el pasado 13 de marzo.

El voto útil ha sido uno de los mantras más nefastos de la democracia española y, por lo que parece, está llamado a perdurar. Merece la pena que le dediquemos aquí alguna atención, en tres niveles de profundidad. Un nivel de fondo, intemporal. Un segundo nivel de orden puramente práctico. Y un tercer nivel, en fin, aparentemente el más superficial, de tipo técnico.

Voto útil y mal menor

Empezando por el nivel de fondo, el tema del voto útil está vinculado, en buena medida, con una cuestión de índole moral de hondo calado: la del mal menor. Dicho muy sintéticamente: “renuncio a realizar lo que, en conciencia, considero el bien y elijo como alternativa lo menos malo o lo que puede impedir un mal mayor”.

En términos éticos, este razonamiento puede ser correcto en ciertas situaciones excepcionales. Pero no es admisible y encierra enormes riesgos cuando acaba por convertirse en el criterio ético habitual o cuando se falsean o relajan las condiciones para su legitimidad. No puede renunciarse, salvo casos contados, a la exigencia de actuar de acuerdo con lo que, a una conciencia rectamente formada, la exige el bien, también a la hora de votar en un proceso político. Hay males, además, que en realidad ni son “menores” ni impiden otros “mayores”, sino que más bien los consolidan, haciendo más difícil su reversión futura.

A lo que ha llevado el llamado “voto útil”

El segundo nivel necesario de análisis es práctico, empírico. Hay ya mucha experiencia acumulada a lo largo de estos 40 años como para poder discernir, con realismo, hasta qué punto el voto a determinadas formaciones es útil o no.

Mucho camino recorrido también para valorar hasta qué punto las promesas electorales se han cumplido. Y en qué medida la cautividad de los votantes del voto útil ha servido precisamente para lo opuesto de lo que éstos podían esperar… ¿Hemos aprendido algo los votantes españoles?

El malvado monsieur D’Hondt

El tercer nivel de análisis es técnico. Nos lleva, si hemos de hacer caso a quienes propugnan el voto útil, a una fórmula matemática: el sistema D’Hondt, por el que se asignan los escaños de acuerdo con nuestra legislación electoral, perjudicando de manera fatal a las listas menos votadas. O sea, el voto útil porque lo manda el oscuro señor D’Hondt.

Esta cuestión, como la de lo que esconde el tamaño de las circunscripciones en nuestro sistema electoral, daría también para un análisis más detenido. Me limito ahora a apuntar que cualquier conclusión previa a las elecciones sobre el efecto de la aplicación del expresado método de asignación de escaños, implica: primero, la renuncia anticipada a la deseable competencia entre alternativas; segundo, una especulación sobre intenciones de voto que, mucho me temo, puede encerrar alguna trampa o algún miedo; y, tercero, una especie de círculo vicioso del que nunca saldríamos.

El valor del voto responsable y en conciencia

En cualquiera de los tres niveles de análisis, el voto útil no queda bien parado. Haríamos por eso muy bien en sacudirnos, de una vez por todas, esta monserga tan habitual en nuestras citas electorales.

La democracia española adolece de bastantes defectos que en algún momento habrán de corregirse en aras de una participación ciudadana real y de mayor calidad, sin los excesos de la omnipresente, todopoderosa y corrupta mediación del aparato de los partidos. Sustituir el voto útil –el voto del miedo, al cabo- por la opción en conciencia, responsable y bien informada, está, por de pronto, a nuestro alcance el próximo 28 de abril.

Jaime Urcelay

(Publicado en Actuall, 19/03/2019)

 

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