Desde que, hace ya bastantes años, publiqué en este blog una recensión de El Viaje por España, de Andrea Navagero, varias han sido las entradas en las que he tratado de ir dando cuenta de las diferentes obras literarias que contienen referencias significativas, de mayor o menor extensión, a Poza de la Sal (Burgos).
Por aquí han desfilado Gritos de independencia, de Reyes Calderón; Cuerda de presos, de Tomás Salvador; El pastor del páramo, de Justo Peña y Antonio Zavala; Alto del Milagro, de Carlos González Unda; y El libro de los sueños y La noche de los dos ríos, dos novelas de Juan Carlos Martínez Barrio. Y, pese a haberlas leído a fondo, distintas razones han hecho que me haya resistido a publicar las reseñas de otras dos novelas de resonancias pozanas: La leyenda del César Visionario, de Francisco Umbral, y Tormenta de sal, de Reina González Rubio. También me he referido en este blog a los poemarios de Bonifacio Zamora Temas y Paisajes (Poemas de Burgos) y De paseo por tierras burgalesas.
Una novela picaresca
Acabo ahora la lectura de otra novela con páginas memorables dedicadas a la villa burgalesa: Piel de pícaro, de Julián Martínez Isla (Editorial Club Universitario, Alicante, 2011, 318 págs.), cuya existencia me desveló, no hace mucho, Narciso Padrones. El propio Narci le dedicó después una buena y completa reseña en su reciente e imprescindible libro de recuerdos Poza en mi memoria.
El autor, Julián Martínez Isla, bilbaíno afincado en Alicante, es catedrático de instituto de Latín y escritor. Además de Piel de pícaro ha publicado La guerra de Troya (1990), La mirada de los dioses (1990), Las aventuras de Odiseo (1990), Héroes, viajes y aventuras (1990), Los mitos romanos (2020) y Las aventuras de Ulises (2020).
Es, no hay duda, un escritor consagrado de honda formación, lo que resulta patente en la calidad de la escritura en Piel de pícaro, narración, en primera persona, de los años de infancia y adolescencia de un personaje aparentemente de ficción: Ramón Anchía, apodado Tempranico y Ramontxu.
Ambientada entre Orihuela y Bilbao, en los difíciles años de la posguerra española, en la novela se suceden, de manera ágil y entretenida, las disparatadas aventuras de un pícaro -evocación de nuestra literatura clásica-, acostumbrado desde muy pequeño a una vida de chico callejero, amigo de timbas, de enjuagues y de trampas, ladronzuelo por necesidad, frecuentador de tascas malolientes y alumno poco aventajado de la escuela pública (p. 172-173).
Se trata, en definitiva, de la historia de una especie de antihéroe, en la que se entremezclan, con un cierto tono de ingenuidad, dramas y no pocas miserias humanas con situaciones llenas de humor o gestos de entrega y generosidad, de superación personal o de admirable amistad; burlas anticlericales con expresiones de sincera fe religiosa; el abrupto descubrimiento de la sexualidad de un adolescente con inocentes aventuras escolares… Y donde emergen regularmente momentos de conmovedoras humanidad y ternura, como los que se presentan a propósito de la entrañable relación del protagonista con su madre o con su tío, el canónigo Avelino.

Poza de la Sal en la novela
Poza de la Sal ocupa buena parte del capítulo V del libro (p. 114-119). Ramontxu, muy niño todavía, se ha convertido en colaborador de Fidel, un vecino dedicado al estraperlo de harina, hogazas y palomitas de pan blanco que vende clandestinamente en Bilbao. Trae el producto precisamente desde Poza, donde tenía casa propia.
Allí viaja nuestro protagonista, en un autobús de La Estrella, para recoger la mercancía.
En las páginas dedicadas a la estancia en Poza, el autor de la novela se recrea, quizá más que en ningún otro lugar de la obra, en unas bellísimas y emotivas pinceladas de nuestra villa, llenas de sensibilidad y poesía. Martínez Isla demuestra conocer muy bien el pueblo, donde, según comentaba Narci Padrones, veraneó en los años 60. Quizá su familia era de origen pozano.

Las descripciones de los campos y las huertas, del silencio y los sonidos, del olor de las calles y lugares, nos trasladan de manera mágica al ambiente que se respiraba en nuestro pueblo a mediados del siglo pasado. La pausada escena en la panadería de Petra Bonachía, La Morterona, una mujer mayor, con cara bondadosa y somnolienta (p. 116), la subida en borriquillo al castillo y las vistas de los campos y las salinas, el trabajo y los cantos de las salineras, el impresionante espectáculo desde lo alto de la fortaleza… son, a mi juicio, de las mejores páginas que se han escrito sobre nuestro pueblo. Es difícil leerlas sin conmoverse, como lo hace el protagonista de la novela:
Aunque yo era un niño todavía, sentía, sin embargo, aquella deliciosa algarabía como la expresión perfecta de la vida y de la actividad humana contemplada en su conjunto (p. 119).
Jaime Urcelay
