
Andrea Navagero, el notable humanista y embajador veneciano ante la Corte de Carlos V, permaneció en el año 1528 durante casi cuatro meses en Poza de la Sal (Burgos), junto con el resto de los muy ilustres representantes de la Liga Clementina o de Cognac. Es uno de los sucesos a los que más atención dedica en el célebre El Viaje hecho por España y Francia, que ya conocemos bien a través de las anteriores entradas.
Debe señalarse que en las aproximaciones a la historia de dicha localidad burgalesa se suele mencionar, creo que erróneamente, que su castillo sirvió de prisión a los embajadores de la Liga. Afirmación esta que, desde las últimas décadas del pasado siglo, se ha ido incorporando, de una u otra forma, a una parte de literatura de todo tipo sobre Poza de la Sal y su impresionante castillo, hasta casi convertirse en un lugar común, pese a que, como vamos a tener ocasión de ver, no parece que, a la vista de las fuentes, sea correcta.

Sí es muy cierto, es relevante y está bien documentado que en Poza de la Sal -entonces, solo Poza o Pozza1– estuvieron detenidos o confinados, contra su voluntad y por orden del emperador Carlos V, ocho de los nueve embajadores de la Liga, acompañados de sus amplios séquitos y servidumbres, tras la ruptura, el 21 de enero de 1528, de las negociaciones en Burgos para alcanzar la paz universal. Pero ni los diplomáticos confederados sufrieron prisión -en el sentido más común de esta palabra- ni parece que ninguno de ellos estuviese alojado en el casi inaccesible castillo defensivo que el XI Señor de Poza, Juan de Rojas y Rojas, poseía en lo alto del roquedo que cobija la villa.
El testimonio de Navagero y otras fuentes primarias de la época
El testimonio en El Viaje hecho por España y Francia es la fuente más completa y la más utilizada en las referencias a este curioso e interesante conflicto diplomático, en general muy poco conocido.
Pero es importante acudir también a otros dos documentos del embajador veneciano casi desconocidos: la carta desde Villaverde (Burgos) de 23 de enero de 1528 y su extenso despacho diplomático desde Bayona (Francia) del 1 de junio de 1528, una vez obtenida la libertad. Asimismo, resultan muy ilustrativos la también ignorada carta privada que el secretario veneciano Giovanni (Zuam) Negro dirigió a su padre sobre el confinamiento en Poza, las cartas de Carlos V a sus propios embajadores y al rey Francisco I, otra correspondencia diplomática de esos días y, cómo no, los textos de los cronistas del emperador. De igual modo, son interesantes los testimonios de tres testigos: Baltasar Castiglione, Alfonso de Valdés y Lope de Hurtado2.
Con todo ello, puede completarse una reconstrucción fidedigna de lo ocurrido en Poza en aquel duro invierno de 1528, cuando la modesta pero orgullosa villa burgalesa tuvo su página en la historia de las relaciones internacionales.
Panorámica del castillo de Poza de la Sal en un día de nieve. Pintura de Carmen Gorbe. Muy similar debió ser la vista que tuvieron los embajadores al acercarse a la villa en el invierno de 1528.
Relato de los hechos: los embajadores de la Liga en Poza de la Sal
No podemos extendernos aquí en el proceso histórico y los antecedentes que condujeron a que Navagero y a otros siete embajadores de la Liga Clementina acabaran en Poza de la Sal. Nos limitaremos a la crónica de lo ocurrido3.
Los hechos se remontan al 21 de enero de 1528, cuando los embajadores confederados, considerando que no se lograba concluir la paz, fueron recibidos por el emperador con objeto de solicitarle licencia para regresar con sus respectivos señores, dejando despejado el camino para que los franceses declarasen de forma solemne la guerra, como ya de antemano había determinado Francisco I, a cuya voluntad se plegaban los aliados.
Carlos V accedió a la petición, si bien les advirtió que no debían salir de sus reinos mientras no regresasen los embajadores imperiales en Francia, Inglaterra y Venecia.
De la custodia de los representantes de la Liga fue encargado Lope Hurtado de Mendoza, gentilhombre de la confianza del emperador, quien comunicó a los de Francia y Venecia el deseo de que permaneciesen detenidos en Poza, donde les acompañaría y serían tratados bien, hasta que pudiesen partir los mencionados embajadores imperiales. Poza era considerada una fortaleza muy buena, rodeada de murallas, con la ventaja de estar próxima a Burgos y en el camino de Francia. Era entonces de Juan de Rojas y Rojas, XI señor de Poza, a quien Carlos V hizo marqués en 1530.

Esa misma noche del 21 de enero les pusieron guardia en las puertas de las casas de Burgos donde se hospedaban.
La noticia de la detención se conoció a través de la corte de Francia y sus consecuencias de todo tipo, en las que aquí no podemos entrar, no se hicieron esperar.
Salida de Burgos de franceses, venecianos y florentinos
Al día siguiente, el 22 de enero, los heraldos o reyes de armas de Francia e Inglaterra declararon solemnemente la guerra al emperador conforme a las antiguas leyes y costumbres. Y, ya después de comer, partieron hacia Poza los embajadores de Francia (Gabriel de Gramont -enviado especial, obispo de Tarbes-, Gilbert Bayard -enviado especial, consejero de Francisco I- y Jean de Cavilmont -embajador, segundo presidente de Burdeos-), Venecia (Andrea Navagero, embajador) y Florencia (Domenico Canigiani, embajador), conducidos por 40 infantes y 30 de a caballo de la guardia del emperador. La travesía de Burgos fue humillante para ellos ya que la población les tomó por malhechores. Los sirvientes fueron enviados por delante, salvo una parte que se quedaron para llevar la parte de equipaje que quedaba detrás. Los embajadores de Inglaterra, Milán y del papa permanecieron en la capital castellana.

Franceses, venecianos y florantinos pernoctaron en Villaverde, localidad actualmente de Merindad del Río Ubierna, lo que indicaría que arribaron a Poza a través del recio Páramo de Masa. En Villaverde se les permitió escribir una carta a sus señores, la única mientras estuvieron detenidos. Corresponde a la carta de Navagero a la Señoría, fechada el 23 de enero de 1528, ya mencionada en la entrada anterior.
En Poza fueron custodiados primero por el referido Lope de Hurtado y por el Diego Flórez de Robles, capitán de la guardia española del emperador, y después, enviado el primero como embajador imperial a Portugal, se hizo cargo el comendador Figueroa (presumo que Gómez Suárez de Figueroa, futuro embajador imperial en Génova). De Lope de Hurtado, Navagero destaca que aunque se nos vigilaba continuamente, nos trató bien. En cambio del no muy cortés Figueroa afirma que la vigilancia la realizó muy estrechamente y nos ha tratado muy mal.

Llegada a Poza de los representantes de Inglaterra y Milán
Cuando el 20 de febrero de 1528 Carlos V abandonó Burgos para dirigirse a Madrid, los embajadores ingleses (el obispo Guirolamo Guinucci y Edward Lee, futuro Arzobispo de York) y el milanés (el caballero Bilia, al parecer secretario del duque de Milán), que permanecían vigilados en sus alojamientos de Burgos, fueron también conducidos a Poza de la Sal, también a hacer penitencia, como escribió irónicamente el secretario de Navagero.
Cuando llegaron los de Inglaterra y Milán, el número de personas a las que se había alojado en Poza con motivo del confinamiento de los embajadores era ya de más de 150, según testimonio de Lope de Hurtado en una carta al emperador. Debe tenerse en cuenta que su población en esa época debía rondar los 1000 habitantes.

A los franceses se les trasladó al palacio para que pudiesen estar más vigilados. En la antecámara del obispo de Tarbes dormían algunos de la guardia, que les acompañaban también durante el día para vigilarles.
El resto de los embajadores permanecieron en el caserío del interior del recinto amurallado. Zuam Negro se refiere a una casa como lugar de alojamiento. La vigilancia de ellos debió ser más laxa que la de los franceses, si bien en las puertas de la muralla de la villa había una guardia permanente, que durante el día les seguía si salían al exterior.

Así se ocupaban los diplomáticos confinados en Poza
Sobre cómo ocupaban los diplomáticos y sus séquitos el día, disponemos de una curiosa anotación de Zuam Negro, el secretario de Navagero:
(…) Bien podría decir que no había estado nunca tan melancólico y al borde de la desesperación como en este tiempo, estando privado de poder mandar aviso alguno y de poder escribir. Y todos los días se nos trataba de transmitir muchas noticias negativas de los asuntos de Italia, que no eran veraces, y aunque pensábamos que eran falsas, nos lastimaban el corazón.
Estábamos casi todo el día juntos haciendo bromas y debatiendo sobre muchas cosas para pasar el tiempo y no desesperar del todo. Algunos nos ocupábamos en mayores placeres que lo hacían otros (…).
Conocemos también, a este mismo respecto de las ocupaciones de los diplomáticos, una anécdota curiosa: el francés René Berthualt de La Grise, señor de La Grise y secretario del embajador especial obispo de Tarbes, aprovechó los cuatro meses de confinamiento en Poza de la Sal para leer y traducir al francés El libro áureo de Marco Aurelio, escrito por Fray Antonio de Guevara y merecedor de una magnífica acogida en los ambientes aristocráticos . Así lo dejó reseñado el propio Berthault:
Allí, para ocupar el tiempo, recurrí a los libros que pude encontrar en aquel sitio, entre los cuales leí el pequeño libro dorado, que me encantó de tal manera que no lo dejaba en todo el día y gran parte de la noche, tanto para leerlo como para escribirlo4.
El despido de los servidores
Durante el confinamiento en Poza tuvo lugar otro hecho que produjo no poco perjuicio a buena parte de los embajadores: la retirada de todos los sirvientes que procediesen de territorios del Imperio.
Esta decisión personal del emperador hay que entenderla dentro del nuevo escenario de la guerra declarada por franceses e ingleses y la relata así Zuam Negro, el secretario veneciano, refiriéndola al momento de la llegada a Poza de los representantes ingleses y milanés:
No bastando esto, cuando llevábamos algunos días, se llevaron a todos los servidores que eran de países y lugares del emperador, lo que, para algunos. que tenían casi todos de estos, era un grandísimo perjuicio y renuncia, al tratarse se un lugar en que no podían conseguir ningún otro.
Este asunto para nosotros no supuso mucho inconveniente, ya que sólo teníamos dos que fuese súbditos de Su Majestad, uno en el establo y otro que era paje.
El señor auditor de la cámara, uno de los embajadores de Inglaterra [sin duda, Guirolamo Guinucci], el de Milán y el de Florencia, se vieron muy afectados por tal asunto, porque casi todos los suyos eran de los prohibidos para permanecer con nosotros.

Salida de los embajadores de Poza de la Sal
Cuando el 23 de abril de 1528 Carlos V tuvo noticia de que su embajador en la Corte de París, Nicolás Perrenot de Granvela, había sido liberado por Francisco I y que se acercaba a la frontera, concretamente a la localidad de Bayona, dio orden para que Juan de Cartagena (probablemente se trate de Juan Pérez de Cartagena, gentilhombre del emperador y alcalde mayor de Burgos) condujese a los embajadores franceses a Fuenterrabía, a fin de que tuviese lugar el intercambio.
A los de Inglaterra se les dio orden de permanecer en Castilla bajo la custodia de Figueroa, dado que el embajador imperial en dicho reino, Iñigo López de Mendoza y Zúñiga, aún no había sido autorizado a regresar.
Respecto a los italianos -entre ellos, por tanto, Navagero- se les dio libertad para salir, bien por la ruta de Perpiñán, o acompañando a los franceses camino de Fuenterrabía. Eligieron esta segunda por ser ese el deseo de los franceses y parecerles más rápida y segura. Al embajador veneciano le impuso Carlos V una condición de que se comprometiese a conseguir el regreso del embajador imperial en Venecia, Alonso Sánchez.
La partida de Poza de los embajadores tuvo lugar el 19 de mayo de 1528, arribando a Bayona, ya en Francia, el 29 de mayo. Su sentimiento no debió ser muy distinto del que expresó su secretario Zuam Negro:
Dios sea alabado porque hemos escapado de las manos de los judíos y llegamos a la tierra de promisión5.

Cuatro meses en Poza de la Sal, que a Navagero le parecieron en el Purgatorio
Es indudable que la experiencia de Poza de Andrea Navagero no fue precisamente grata. Trasladado allí contra su voluntad, se sumó a sus desdichas un invierno que su buen amigo Baltasar Castiglione -el nuncio del Papa que permaneció en Burgos sólo y desconsolado durante el confinamiento de sus colegas-, describió como triste invierno, en el que el clima era tremendamente frío y la lluvia y la nieve caían torrencialmente. Poza, además, no ofrecía ninguna comodidad para un refinado patricio veneciano como era Navagero.
Son perfectamente comprensibles sus agrias expresiones sobre Poza: «vil lugar»; «el lugar es el peor de España, lleno de necesidades y abundante en todas las incomodidades»; «entre ásperos montes»; «fuera de todo camino y casi del mundo»; «pocos hay en España que sepan lo que allí pasa»; «aquel delicado y placentero lugar» -la ironía es evidente-; «donde no hay buena casa ni bien alguno»…
Impresiones todas ellas que le llevaron a un balance muy negativo de su estancia en Poza:
Añadiendo también el maltrato y el descontento con el que hemos estado, se puede decir que durante cuatro meses hemos estado en el Purgatorio.
Pero, como escribió Dionisio Ridruejo, los días de gran indignación vividos en Poza por el veneciano no embotaron su curiosidad…6

Importancia del testimonio de Navagero sobre la arqueología de Poza de la Sal
En la anterior entrada Andrea Navagero. Hacia una comprensión de «El Viaje hecho por España y Francia» (III) ya se hizo referencia al valor del itinerario del poeta y embajador veneciano en cuanto fuente de datos arqueológicos e históricos de primer orden. Como genuino representante del humanismo renacentista italiano, era hombre de una cultura vastísima, que unía a una gran curiosidad y capacidad de observación.
Por los párrafos dedicados a su estancia en Poza aparecen noticias de gran valor sobre la villa y sus alrededores: el páramo de Butrón (hoy conocido como de Masa), el fuerte y casi inaccesible castillo, el buen palacio grande de los Rojas, las murallas, las abundantes salinas -cuya sal pondera-, el caserío, la iglesia de Santa María la Vieja -totalmente desaparecida-, o los conventos de Santa Clara de Castil de Lences y San Bernardino -en el paraje pozano de Los Molinos, hoy dramáticamente arruinado como consecuencia de la desamortización liberal-, el monasterio de San Salvador de Oña o los ríos locales Torca Salada y Homino
Pero quizá las noticias de mayor valor historiográfico que nos ha legado Navagero, gracias a su estancia en Poza, son las referidas a las ruinas de una ciudad antigua a la que los pozanos de la época llamaban Ciudad de Milagro, con interesantísimas menciones a un acueducto bajo tierra que viene de detrás de Pozza por las Salinas. O al templo dedicado a un dios llamado Suttunio, del que no se conocen otros testimonios. Se trata, en definitiva, de las primeras referencias documentadas a un asentamiento romano que se ha querido identificar con la misteriosa ciudad romana de Flaviaugusta, cuyas prometedoras excavaciones se iniciaron en el año 2021.

El posible origen del malentendido de «la prisión en el castillo«
Al principio de esta entrada me refería al malentendido, muchas veces repetido en los últimos tiempos, de que los embajadores estuvieron prisioneros en el castillo de Poza. La verdad es que he sentido curiosidad por conocer cuál es su posible procedencia.
Para mi asombro y descartados otros orígenes que me parecían a priori más sospechosos, creo que el error arranca de un magnífico libro, fundamental en la historiografía pozana: Poza de la Sal y los pozanos en la Historia de España7, publicado en 1984 por Feliciano Martínez Archaga, párroco de la villa8. Paradójicamente, si algo caracteriza la obra de Don Feliciano, como se le conocía en Poza, es la abundante utilización crítica de fuentes primarias y el rigor en el manejo de los datos. Pero en el caso concreto que nos ocupa parece que se produjo la excepción de la regla…
El libro dedica cumplida atención en su capítulo V (El castillo y sus peripecias históricas) al asunto de los embajadores, para lo cual se sirve directamente del texto de El Viaje de Navagero, del que incluso reproduce literalmente algunos párrafos. Pero algo le llevó al error, como ya hemos visto, al afirmar que el castillo pozano tuvo la función de prisión en un caso notorio de nuestra historia: el de los embajadores de la Liga. Bien es cierto que también habla de que los diplomáticos se encontraban medio prisioneros y, en otro momento, los considera deportados. También hay que aclarar que en el texto no vuelve sobre la supuesta estancia en el castillo, pero parece que a algunos de quienes leyeron el libro les quedó la primera idea, repitiéndose ya después en bastantes casos, sin duda de manera inocente y con la mejor de las intenciones.
Errare humanum est… y, en este caso, el malentendido en nada desmerece el interesantísimo episodio histórico de la forzada estancia en Poza de la Sal de Andrea Navagero y resto de embajadores de la Liga Clementina en el año 1528. Con él terminamos esta larga entrada en seis partes dedicada al insigne humanista veneciano y su relación con nuestra patria.
Jaime Urcelay
Partes anteriores de esta entrada:
Andrea Navagero. Biografía y obras (I)
Andrea Navagero. Embajador en la corte del emperador Carlos V (II)
Andrea Navagero. Hacia una comprensión de «El Viaje hecho por España y Francia» (III)
Andrea Navagero. Las ediciones de «El Viaje hecho por España y Francia» (IV)
Andrea Navagero. Los despachos diplomáticos y la relación ante el Senado (V)
NOTAS
- El nombre de «Poza de la Sal» es relativamente moderno. Si bien hay constancia de su uso en alguna cartografía de finales del XVIII, no se oficializa hasta el Real Decreto de 21 de abril de 1834, por el que se crea la subdivisión en partidos judiciales de la nueva división territorial en provincias, aprobada el año anterior. El añadido «de la Sal» apenas se usó hasta prácticamente el siglo XX. ↩︎
- Todos estos documentos los reproduje y comenté en URCELAY, J.: La detención en Poza de la Sal de los embajadores de la Liga (1528). El testimonio de Andrea Navagero y otras fuentes contemporáneas, edición del autor, Segovia, 2023. ↩︎
- Incluí asimismo una contextualización histórica en URCELAY, J.: op. cit., pág. 17 a 33. ↩︎
- Así aparece en El traductor a los lectores, nota que precede a la edición francesa desde la de 1540. La primera edición es de 1531. Vid.: GUEVARA, A.: L’orloge del Princes, Paris, 1550, pág. VII. ↩︎
- En el original: Scampati di mano di Giudei et venuti in terra di promissione. Entiendo que debiera haber escrito egipcios en lugar de judíos… ↩︎
- RIDRUEJO, D.: Castilla la Vieja. 2. Burgos, Ediciones Destino, Barcelona, 1980, pág. 195. La edición original es de 1973-1974. ↩︎
- MARTÍNEZ ARCHAGA, F.: Poza de la Sal y los pozanos en la Historia de España, Imprenta Monte Carmelo, Burgos, 1984. Hay una 2ª edición de 2009 del Ayuntamiento de Poza. Sigue siendo un libro imprescindible para todo lo que se refiere a Poza. ↩︎
- Martínez Archaga ya había deslizado el mismo error en un artículo publicado en 1973 en Diario de Burgos, pero parece más lógico pensar que la difusión del malentendido arranque del libro de 1984, al ser este una fuente habitual de quienes han querido documentarse sobre la historia de Poza. La referencia del mencionado artículo es la siguiente: MARTÍNEZ ARCHAGA, F.: «Poza de la Sal. Relicario histórico artístico», Diario de Burgos, 11 de octubre de 1973. Antes que Martínez Archaga, el sacerdote y poeta Bonifacio Zamora Usabel cayó en el mismo error de interpretación en su poema «Romance de Poza de la Sal y paisaje rimado de la Bureba», publicado en 1950, pero tampoco creo que, dada su limitada difusión, fuera este el origen de la posterior recurrencia del malentendido, aunque sí pudo provocar, sin quererlo, la confusión de Martínez Archaga, quien cita en su libro diferentes versos del poema. Vid.: ZAMORA, B.: Temas y Paisajes (Poemas de Burgos), Diputación Provincial de Burgos, Burgos, 1950. ↩︎
