“La revolución silenciosa”: una película que desnuda el pensamiento único

“Con esta rebelión el tendero sale de la ‘vida en la mentira’; rechaza el ritual y viola ‘las reglas del juego’; reencuentra su identidad y su dignidad reprimida; realiza su libertad. Su rebelión será un intento de vida en la verdad. El ajuste de cuentas no tardará en llegar (…)”.

Pertenece este párrafo a El poder de los sin poder (1), el breve e interesantísimo ensayo en el que Václav Havel (1936-2011) -dramaturgo, disidente bajo el régimen comunista de Checoslovaquia y después presidente la misma- describió las particularidades del sistema totalitario socialista frente a las dictaduras clásicas y esbozó el programa de trabajo de los movimientos disidentes, concibiéndolos, ante todo, como servicio a la verdad.

Traigo esta cita a propósito del reciente estreno en los cines españoles de la película alemana  La revolución silenciosa, de Lars Kraume (2018). Una cinta que por su singularidad, calidad e interés no debiera pasar desapercibida y cuyo contenido más esencial creo que se resume bien en el párrafo de Hável.

“Una joya del cine alemán”, según la crítica

La revolución silenciosa ha sido, en general, bien recibida por la crítica especializada, aunque de todo hay. También como espectador de a pie puedo decir que, desde el punto de vista cinematográfico y sin entrar todavía en el fondo, me ha parecido una película sólida y muy entretenida. Sus jóvenes actores relizan una interpretación creíble, bien matizada, y todos los recursos técnicos acompañan para que el resultado final sea satisfactorio para el espectador, aunque éste solo busque pasar el rato distraido con una película bien hecha.

La revolución silenciosa (2018)

En cuanto al argumento, está basado en hechos reales ocurridos en la Alemania comunista en 1956, antes de que se levantara el Muro de Berlín. Una época y un lugar, como se afirma en la presentación oficial de la película, apenas explorados en el cine. Toda una clase de alumnos, a punto de graduarse, decide guardar unos minutos de silencio en solidaridad con los héroes y las víctimas del levantamiento del pueblo húngaro contra el régimen comunista, del que tienen noticia casi por accidente. Pese a la inocencia del gesto contrarrevolucionario, el “ajuste de cuentas” de las autoridades académicas del sistema totalitario se desencadena inmediatamente, en un proceso  de creciente dramatismo y complejidad.

Con este marco, tres son a mi juicio las grandes líneas de fondo que nos plantea La revolución silenciosa.

Las ideologías totalitarias funcionan así

La primera y más evidente, es la puesta de manifiesto de algunos de los mecanismos totalitarios que operaban en los regímenes llamados de socialismo real en la Europa del Este. Un tema, como sabemos, prácticamente tabú entre nosotros, pese a su importancia objetiva y su cercanía en el tiempo y el espacio.  Resortes ideológicos y represivos de la disidencia del pensamiento único que, de manera más sutil  -pero no menos real- se nos están imponiendo también ahora y aquí,  en la España democrática del siglo XXI. Los nuevos dogmas oficiales e indiscutibles son la ideología de género o la sarcásticamente llamada memoria histórica. Con toda su irracionalidad. El entorno escuela, en la que el Estado quiere arrogarse el monopolio a costa de los padres y la iniciativa social, hace el escenario aun más cercano… (2).

En esta primera línea de fondo la película me ha parecido sobresaliente, aunque solo sea por su originalidad. Solo recuerdo un contexto similar, de entre las películas con relevancia comercial,  La vida de los otros (Florian Henckel von Donnersmarck, 2006). También me gustó.

La revolución silenciosa (2018)

conciencia y propósito en la acción disidente

La segunda gran línea de fondo que la película presenta es, a mi juicio, el de la toma de conciencia por parte del grupo de alumnos del valor de la verdad y la libertad, y el propósito y el compromiso en la acción a la que esto les conduce.

Aquí la propuesta de La revolución silenciosa es algo más light, si bien la limitación no creo que proceda del guión en sí sino más bien de los hechos reales en los que se basa. Solo uno de los protagonistas, el rubio Kurt (Tom Gramenz), tiene desde el principio una conciencia clara de lo que está en juego. Lena (Lena Klenke) parece, en algunos momentos, que también le acompaña. En el caso del resto de jóvenes las motivaciones son más ambiguas aunque, a medida que el drama avanza, la realidad concreta y personal termina por cambiar sus vidas…

No es en este sentido un impulso comparable, por ejemplo, al de la Rosa Blanca en la también totalitaria Alemania hitleriana, bien retratado en la magnífica película Sophie Scholl. Los últimos días (Marc Rothermund, 2005) (ver en este blog Mis lecturas. “Sophie Scoll contra Hitler”, de José R. Ayllón).  Aunque , como en seguida diré, no faltan algunos parecidos…

La revolución silenciosa (2018)

Una película sobre la amistad y la lealtad

Sí,  la historia de la Rosa Blanca y la del grupo de jóvenes de La revolución silenciosa coinciden en la que puede considerarse tercera línea de fondo de la película: el valor de la amistad, el apoyo mutuo, la sinceridad y la lealtad de un grupo de jóvenes que, ante todo, ama la vida.

Esos valores, tan importantes y evidentes para los jóvenes, son puestos a prueba en situaciones muy difíciles, a través de dilemas complejos. Hay aquí material abundante para el asombro y la reflexión, sobre todo de quienes estamos ya entrados en años y hemos podido perder la sensibilidad -quizá por nuestras propias carencias arrastradas en el tiempo y las cornadas de la vida-, para la belleza de las virtudes en las que se encarnan esos valores, tan presentes en los protagonistas de La revolución silenciosa.

No son estos, evidentemente, todos los temas significativos de la película. Son solo los que a mí me han llamado más la atención. Hay otros muchos. Pero, como siempre, la mirada del espectador es decisiva.

En definitiva, vengo a coincidir con la recomendación de mi admirado Juan Orellana en su crítica de La revolución silenciosa publicada en el diario ABC: para no perdérsela.

Jaime Urcelay

(1) Ediciones Encuentro, Madrid, 1990. Hável recurre al tendero -en concreto, de una tienda de verduras-  como ejemplo de un ciudadano común que, al colocar rutinariamente los eslóganes de la ideología oficial en su tienda, lo hace tan solo porque “este gesto entra en la norma de salir adelante; porque es una de las mil ‘naderías’ que le aseguran una vida relativamente tranquila ‘en consonancia con la sociedad'” (pág. 21).

(2) No he podido dejar de acordarme del libro de Jesús Trillo-Figueroa que, casualmente con un título prácticamente igual, aunque con otro sentido, al de la película que ahora comento –Una revolución silenciosa (Libros Libres, Madrid, 2007), fue pionero en desentrañar de forma bien fundada las políticas públicas de feminismo radical y de perspectiva de género de la etapa de Zapatero. Ni el más pesimista podía prever entonces la intransigencia y la irracionalidad con la que esas devastadoras ideologías se están imponiendo hoy.

 

 

 

 

 

 

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