A medida que voy conociendo mejor la biografía y la obra del gran filósofo Manuel García Morente (1886-1942), hoy tan injustamente arrinconado, más me convenzo de que el escrito El Hecho Extraordinario, el relato de su dramática conversión de la noche del 29 al 30 de abril de 1937, durante su exilio en París, ha generado, por su propio título, un equívoco que es necesario clarificar. Una aclaración que en absoluto resta ni un ápice de valor a la que el filósofo Rafael Gambra, discípulo de Morente, consideró una de las obras de más profundo valor autobiográfico que ha producido el espíritu humano, después de las ‘Confesiones’ de San Agustín.
Antes de nada hay que precisar que, como recordarán quienes hayan leido el referido escrito, este narra dos momentos diferentes en la conversión. El primero, al que el profesor Rogelio Rovira acierta en llamar el hecho ordinario y que es el decisivo, corresponde al descubrimiento y aceptación, a través de un proceso intelectual, de la acción de Dios vivo en el curso de su vida. El segundo, es una experiencia subjetiva -una percepción no sensorial, como la calificó el propio Morente– de la presencia de Dios, que se produce cuando ya se ha convertido; es propiamente el hecho extraordinario.

Pero creo que la aclaración debe ir aún más allá: el retorno de Morente a la fe católica de su infancia no es, en realidad, un hecho aislado sino la desembocadura natural del itinerario en la búsqueda de la verdad -o, si se prefiere, en la comprensión de la realidad-, seguido por el filósofo a lo largo de toda su vida. Es el resultado de esa intuición filosófica -y, por qué no, anhelo personal- que Morente expresaba, ya en 1929, en su precioso ensayo El «curso» de Ortega y Gasset:
(…) Ahora, ya logrado el primer objetivo de sumergirse en el seno primordial de la vida [se refiere al raciovitalismo de Ortega, al que Morente se adhirió] va siguiendo sus ramificaciones, sus creaciones, sus descubrimientos, que a tan alto pueden llegar que alcancen al Supremo Ser, a Dios mismo, eterno e infinito depósito de toda vida (…).
Es, al cabo y salvada la acción de la Gracia, el fruto de esa evocación del Dios a la vista orteguiano realizada por Morente en la última -la XXV- de sus célebres Lecciones preliminares de Filosofía del curso de 1938 en la Universidad de Tucuman.
Pero el entendimiento cabal de este recorrido intelectual requriría un estudio mucho más amplio y profundo de lo que aquí pretendo y que, probablemente, me supera. Solo quiero referirme ahora, en el contexto de la tesis planteada, a un testimonio que me parece revelador. Su autor es Pedro Mourlane Michelena (Irún, 1888 – Madrid, 1951), el eminente polígrafo vasco condenado actualmente al olvido, me temo que, como tantos otros talentos de la época, por su imperdonable (!) cercanía a José Antonio Primo de Rivera (por cierto, admirador también de José Ortega y Gasset). El testimonio aparece en un breve artículo que, con el título La vocación de un filósofo, fue publicado en el diario Arriba del 3 de enero de 1941.

Llamo la atención, antes de nada, sobre la fecha del artículo de Mourlane: 3 de enero de 1941. Morente aún vive y acababa de ser ordenado sacerdote hacía apenas tres días. Faltaba, además, bastante tiempo para la publicación en 1953, por el jesuita P. Mauricio Iriarte, del escrito de El Hecho extraordinario, contenido en una carta privada e íntima de septiembre de 1940 que, hasta el fallecimiento de Morente en diciembre de 1942, tan solo conocía su destinatario, monseñor José María García Lahiguera.
Con esa precisión de fechas, ¿dónde está el interés del artículo de Mourlane? Sencillamente en cómo, desconociendo completamente las circunstancias de la conversión de Morente en París, apunta a que su conversión se produjo por lo que en la conclusión del texto llama vía lógica. En este sentido, escribe refiriéndose a su vuelta a la Iglesia y ordenación sacerdotal:
Más que a súbita iluminación, para usar de la frase de San Ignacio, ha cedido el nuevo sacerdote a meditaciones de las que encaminan venturosamente, pero arduamente a la verdad. «Vocación de razón» dice que es este linaje de llamamiento el fundador de la Compañía de Jesús.
Se centra después el autor del artículo, como ejemplos de por dónde le condujo esa ignaciana vocación de razón en dos las grandes inquietudes intelectuales de Morente: la filosofía de la historia de España y la concepción del progreso y la técnica. La desembocadura de ambas confirmaría, a juicio de Mourlane, que, cuando se sigue la obra de García Morente desde sus primeros años en la Universidad, puede llegarse a la conclusión de que su conversión a la fe católica fue, en definitiva, la culminación de su vocación de filósofo.
Jaime Urcelay
Nota: transcribo a continuación el artículo al que me he referido.
LA VOCACIÓN DE UN FILÓSOFO
Por Pedro Mourlane Michelena
En edad madura se ha ordenado de sacerdote don Manuel García Morente, español versado como pocos en las disciplinas filosóficas. Dios ha otorgado a nuestro amigo el privilegio de una vocación que se suma a dones de sabiduría y a hábitos de reflexión realmente singulares. Conocemos de antiguo al decano de la Facultad de Filosofía y Letras y esperamos de su ordenación bienes para él y para su Patria. La Iglesia, que custodia la revelación y nos comunica la gracia santificante por medio de los sacramentos, habrá recibido con el más puro gozo a don Manuel García Morente.Más que a la súbita iluminación, para usar de la frase de San Ignacio, ha cedido el nuevo sacerdote a meditaciones de las que encaminan venturosa, pero arduamente, a la verdad. «Vocación de razón» dice que es este linaje de llamamiento el fundador de la Compañía de Jesús.
Desde años hace, García Morente se desvelaba por poner de acuerdo su doctrina —fluctuante aún entonces— con los dogmas de nuestra fe y de las Sagradas Escrituras. Le era difícil desligar su concepto de España del de las misiones de orden ecuménico que la Providencia nos confió en el gran tiempo y que caben en tres verbos de egregia hermosura, como son fundar, proteger y convertir. Es el propio García Morente quien ha definido a España como «un grupo de hombres que, unidos en cohesión profunda, han vivido juntos, han sentido juntos, han trabajado y han creado juntos el más prodigioso repertorio de formas vivientes que pueda imaginarse: un idioma magnífico, un arte incomparable, unas instituciones ejemplares, una literatura estupenda, una política universal que, en algunos períodos de su Historia, consigue retener entre sus mallas la obediencia de casi todos». Lo que esencialmente anima a estos hombres es la fe que se imprime en el estilo con que acometen sus empresas. Más que el territorio, que la sangre o que el mismo idioma, que es aún un Imperio con provincias más allá de los mares y que llega desde el Pirineo a Filipinas, es ese estilo el que nos conforma para siempre y nos hace inconfundibles. No vamos de Castilla a América o a Continentes más remotos aún, a recibir, sino a dar; no a transformarnos, sino a transformar y a multiplicar nuestra propia índole. Nuestro estilo, a lo largo de las centurias, se cifra en el caballero cristiano que envuelve en religiosidad su vida entera. García Morente, fiel a este concepto de España, orientaba su corazón, en el que la duda mantenía duelos agónicos hacia la verdad, que no se muda ni pasa con los vaivenes del mundo ni con la pasión de conocimiento que la ciencia trae.
Recordamos, justamente, el discurso que ya en 1932 leyó acerca del progreso el señor Morente en la Academia de Ciencias Morales y Políticas. Expuso allí su teoría de los valores, y afirmó que el mero cambio cuantitativo no es progreso. Ser más no es lo que importa, sino ser mejor. «Mientras perdure —dijo— la devoción demoníaca por la técnica como técnica, no habrá en la Humanidad paz interior, paz íntima, del alma; no habrá en el mundo santidad». Y más adelante: «La herramienta técnica sirve para todo, y esa es su grandeza. Pero su sentido se oblitera y macula cuando se la hace servir tan sólo a la fabricación de otras herramientas técnicas, en un continuo y largo disparo hacia el futuro. Si la técnica es nuestra esclava, usémosla para nosotros, en vez de postrarnos en adoración ante ella entregándole neciamente nuestra vida y nuestra realidad presente».
Quien haya seguido la obra de García Morente desde sus primeros años en la Universidad, sabe que el profesor de Filosofía, hoy sacerdote, ha seguido una vía lógica. De sus maestros de Francia —Boutroux, Lévy Bruhl y Rauh— y de sus maestros de Alemania —Cohen, Natorp y Cassirer— supo discutir notablemente para meditar por sí los enigmas de nuestra condición y los misterios de la Naturaleza y de la Gracia. Lo mejor del viaje europeo del docto profesor ha sido el retorno a su España y a los modos más profundos de ser de esta su Patria.
