Cómo separar lo personal de lo profesional en un conflicto de trabajo

“Al trabajo no se viene a hacer amigos.” ¿Cuántas veces hemos oído esta frase? Yo, muchísimas y en ambientes laborales muy diferentes. Sí, pasa por ser la respuesta más obvia a un problema real que siempre, en mayor o menor medida, nos vamos a encontrar en el trabajo: conflictos en los que se mezcla lo personal y lo profesional. Un tipo de situaciones, a veces cotidianas, que se traducen en incomodidad y desgaste personal y, de más está decir, en importantes pérdidas de eficiencia en lo profesional.

Pero, ¿es verdad eso de que “al trabajo no se viene a hacer amigos”? Dejémoslo para el final. Antes veamos tres claves, sacadas de la experiencia, para abordar correctamente esas situaciones en las que la falta de sintonía personal perturba el entendimiento en lo profesional.

Primera clave: somos personas, no robots. Esto significa, en lo que aquí toca, el deber de respetarnos unos a otros en cualquier contexto. Implica también que no tenemos compartimentos estancos, por lo que en cualquier actividad entra en juego todo lo que somos, incluida esa dimensión emocional que todos experimentamos como algo decisivo. Significa también que somos seres sociales —nos necesitamos unos a otros para conseguir objetivos— y que, además, somos muy diversos, por ejemplo en cuanto a los tipos de personalidad. Y, por no cansar ya más con una lista que sería larguísima, necesitamos confianza en las personas para funcionar bien con ellas.

¿Implicaciones de esta primera clave? Yo lo resumiría en que esas diferencias personales que generan conflictos profesionales solo pueden afrontarse desde una actitud de respeto, conocimiento y descubrimiento recíproco, aceptación y, en lo posible, tratándonos de adaptar unos a otros.

Segunda: separar para no confundir. Comprendiendo que más allá de nuestra unidad como personas, hay planos diferentes en nuestra vida, por muy interconectados que estén. Y que, de alguna forma, es posible separar la función, las tareas, los objetivos y los retos profesionales de las personas que participamos en ellos. Que, hasta cierto punto, los conflictos se pueden “despersonalizar”, aislando con objetividad la materia sobre la que discrepamos para analizarla y tratarla con la menor subjetividad posible, con datos racionales. Dejando a un lado prejuicios y toda clase de filias y fobias personales y evitando, con toda consciencia, que los factores emocionales distorsionen la realidad.

Sé que lo que acabo de apuntar no es fácil, pero la experiencia me ha enseñado que sí es posible. Sólo hacen falta unas buenas dosis de madurez personal (o, si se prefiere, de “inteligencia emocional”) y de esa competencia, tan importante para el mundo del trabajo, que podríamos llamar “profesionalidad” y que no deja de ser una variante del sentido de la responsabilidad.

Tercera: afrontar el conflicto. Nuestro habitual paradigma de que “todo conflicto es algo necesariamente negativo” hace que, por evitar a toda costa los conflictos, éstos se enquisten y acaben siendo una fuente permanente de disfunciones profesionales y de sufrimiento personal. Es verdad que hay conflictos que conviene eludir, pero hay otros que es imprescindible —¡y sanísimo!— aflorarlos y afrontarlos. Preguntando, escuchando y hablando abiertamente las cosas, desde la honestidad y la búsqueda de empatía.

Cuántos malentendidos se generan por la falta de apertura y de disposición a conocer y entender a nuestros compañeros de trabajo. Y cuántos problemas se solucionan con una buena conversación a tiempo y cara a cara. No pocas veces he visto pasar, por este camino, de la más completa toxicidad en la relación personal y profesional a modélicas relaciones de compañerismo e incluso amistad. Y sí, a veces habrá que negociar, tratando de construir suelo común y soluciones en las que las dos partes podamos ver satisfechas nuestras necesidades y expectativas básicas.

Volvamos ahora a la pregunta: ¿es verdad eso de que “al trabajo no se viene a hacer amigos”? Pensando en las tres claves que acabo de proponer, creo que, como en tantas cosas que afectan a nuestra paradójica condición humana, solo hay una respuesta de validez suficientemente universal: depende. Pero no renunciemos de antemano a disfrutar de la amistad también en el trabajo o, al menos, de unas relaciones sanas con nuestros compañeros de trabajo. Todos saldremos ganando.

Jaime Urcelay

(Publicado en DÉVÉ. Estilo de vida, Estrategia, Liderazgo. Nº 11, Progreso, 10/09/2018)

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