Tanto espíritu que cultivar, tanta vida que reivindicar

Nota.- Orgulloso cedo hoy este espacio a mi hija Ichi, reproduciendo lo que ha escrito para despedirse de sus amigos en Facebook.

La menor de mis hijas pertenece, por derecho tanto de origen como de ejercicio, a esa asombrosa generación de millennials a la que, por sobradas razones, se está dedicando tanta atención en el mundo de las organizaciones, entre otros ámbitos.

Y lo que ha escrito me ha resultado muy inspirador, teniendo en cuenta, sobre todo, esa perspectiva generacional tan diferente. Por eso le he pedido permiso para transcribirlo aquí, con pequeños retoques para salvar algún exceso de esa espontaneidad que proporciona la costumbre -tan característica de su generación- de escribir a través del móvil…

(…) Llevo un par de semanas posponiendo una decisión que tomé hace poco: borrarme de facebook. Mis motivos son diversos y personales, por lo que no voy a exponerlos aquí uno a uno. Pero hoy ha llegado a mí un vídeo (ver al final), conmovedor y reivindicativo, que me ha hecho reaccionar y dejar de posponer mi decisión.

No creo que facebook sea algo malo en sí mismo; al contrario, pienso que es una herramienta capaz de crear comunicación entre personas, como la mayoría de las redes sociales que la tecnología nos ha ido regalando.

Hoy disfrutamos de muchos avances que la tecnología, concebida como una herramienta al servicio del hombre, nos ha ofrecido. Pero… ¿alguna vez os habéis preguntado en qué momento dejó de servirnos para convertirse en dueña? ¿En qué momento se invirtieron los papeles y nos subyugamos nosotros a su mandato?

No voy a enzarzarme ahora en que si el postureo, que si la adicción, que si el mundo virtual a veces nos ocupa más tiempo que el real, que si la superficialidad, que si nuestra intimidad se ha vuelto pública, que si… mil y un motivos más para que hayamos llegado al punto de tener que plantearnos esas preguntas en algún momento.

Y lo siento si pensáis que soy una exagerada, una radical, una retrograda o nostálgica (yo esto último me lo tomo como un piropo, ojo). Pero, a veces, echo de menos muchas cosas cuando veo las consecuencias de un mal uso generalizado de la tecnología.

Echo de menos lo genuino, lo original, lo propio, ¡lo nuestro! cuando veo tanta masificación impersonal, tanto borreguismo colectivo. Oigo el ruido del ritmo frenético de la inmediatez absurda en la que vivimos y echo en falta a lo paciente, al tan necesario silencio, al tempo lento que el alma tantas veces añora.

Asisto al continuo derroche de información descontextualizada, a la permanente exposición a millones de datos, titulares, flashazos y me pregunto dónde queda la cultura, que siempre es profundización pausada.

Observo la sumisión que conlleva la indiferencia por lo que nos rodea, por esa constante reverencia de nuestras cabezas a nuestros móviles, perdiéndonos la maravilla que supone la capacidad de asombro, ¡la sensibilidad ante los pequeños detalles que la realidad nos regala!

Estamos perdiendo tantas cosas y, aún peor, estamos manteniéndonos mezquinamente indiferentes ante esta terrible pérdida. Tanta belleza, tanto bien, tanta verdad a cambio de abrazar una vida indolente y disoluta con un móvil como extensión inmediata de nuestro brazo, porque… ¿cuánto tiempo podemos estar sin revisar nuestro móvil?

Pero sobre todo hablo del drama del tiempo. ¿Imagináis cuántas cosas podríamos hacer si invirtiésemos bien todas esas horas procrastinando con el móvil? Pasar tiempo con nuestros padres, con nuestros amigos, con las personas que apreciamos y a las que nos estamos perdiendo. Ir al cine a disfrutar de obras maestras, ir al teatro, leer buenos libros al sol, ¡absorber arte por los cuatro costados!

Pelearnos con nuestras hermanas, tomarnos un café mientras charlamos con un buen amigo, jugar al parchís con la abuela… salir a pescar… ¡yo qué sé! Hay tantas cosas que hacer, tanto espíritu que cultivar, TANTA VIDA QUE REIVINDICAR, y nosotros empeñados en perder el tiempo, y la vida con él, ¡por estar mirando a una pantalla! Pensadlo bien, de verdad.

Seguramente todo esto haya sonado muy apocalíptico y fatalista, pero para nada. Porque recordad y tened siempre clara una cosa: que mientras existan los nostálgicos el mundo no se podrá ir a la m…, por mucho que se empeñe. Porque como decía John Henry Newman, “creen que añoran el pasado, pero en realidad su añoranza tiene que ver con el futuro” (*).

Soy consciente de que los nostálgicos son una especie minoritaria en extinción, pero confío en que aún sobreviven tanto ellos como sus buenas intenciones. ¡ES TIEMPO PARA LOS NOSTÁLGICOS!

(*) Cita con la que empieza un GRAN libro MUY recomendable: “El despertar de la señorita Prim” de Natalia Sanmartín Fenollera.

Y aquí está el video del que os hablaba. Dura unos 15 mins. y sé que verlo es mucho pedir en estos tiempos de instantaneidad que vivimos, aunque si habéis sobrevivido a mi texto (que tiene mérito) esto es un paseo ;). Tiene TANTO que ver con lo que acabo de decir, en cuanto a la pérdida de lo genuino, y sobre todo es TAN bonito (ojo a la comparativa con Cinema Paradiso, probablemente la mejor película de la historia del cine).

Por la transcripción,

Jaime Urcelay

(Nota: Ichi es también la autora de la fotografía que encabeza esta entrada).

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4 comentarios en “Tanto espíritu que cultivar, tanta vida que reivindicar

  1. Muchas personas están comenzando a ver que Facebook no es atractivo porque la red elige por ti, qué ver y qué no ver. Sus algoritmos no coinciden la mayoría de las veces con tus ganas de leer a amigos y ver las novedades de páginas que sigues.

    Lo único que le diría a tu niña es que no sea tan drástica. No hace falta cerrar la red. Con no escribir y no comentar, suficiente. Poco a poco van a calmarse las aguas y no va a ocupar tanto tiempo en el mundo virtual. Una cosa no excluye la otra. Es una opinión que tal vez podría serle útil.
    Un abrazo.

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