Un paseo por la Calle y el Parque de Poza de la Sal, en Madrid

Quizá no muchos amigos de Poza de la Sal sepan que nuestra querida Villa tiene dedicados un parque y una gran calle en la periferia de la capital de España, concretamente en el barrio de Santa Eugenia.

Esta mañana, primer día del año, con la ciudad dormida y apenas tráfico, he aprovechado para ir a conocerlos, resolviendo por fin una curiosidad que tenía pendiente desde hace tiempo.

El barrio de Santa Eugenia es de construcción moderna -año 1970- y pertenece al distrito madrileño de Villa de Vallecas. Pegado a la autovía de Valencia, se hizo tristemente célebre al ser su Estación de Cercanías uno de los escenarios de las masacres terroristas del 11 de marzo de 2004.

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Poza de la Sal en la pintura del artista burgalés Fortunato Julián (1891-1972)

El artista burgalés Fortunato Julián, hacia 1923, en una de las poquísimas imágenes que se conocen de él (Foto: Fortunato Julián, un compendio de artes, de A.L. Bouza).

Fortunato Julián García Hernando (Burgos, 1891 – Burgos, 1972)Fortunato Julián– es un gran desconocido, pese a ser uno de los artistas burgaleses más geniales del siglo XX.

Los amigos de Poza de la Sal tendrán quizá noticia de él, al menos, por el libro de Fray Valentín de la Cruz Poza de la Sal. Cuerpo y alma de una villa milenaria (1), en cuyas páginas pueden verse cuatro de las acuarelas con motivos pozanos de este singular artista.

No resulta además fácil adentrarse en esta enigmática y polifacética figura, aunque, afortunadamente, y desde que Burgos celebró en 1991 el centenario de su nacimiento, podemos conocer un poco más gracias a la meritoria investigación realizada por el poeta y crítico de arte Antonio L. Bouza, a quien, por cierto, hemos perdido hace tan solo unos días (2).

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La tradición del saludador en Poza de la Sal (II)

La Puerta de las Eras vista desde el interior del casco medieval de Poza, en el inicio de la calle La Torre. Pintura del vergarés Miguel Okina (Foto: Archivo Urcelay).

El fallecimiento en 1895 de la célebre saludadora de Poza, vino a coincidir en el tiempo con el declive de los saludadores en toda España. Fueron para ello decisivos los avances de la medicina en la curación de la rabia y, en general, el dominio de la mentalidad científica. Como consecuencia, con el cambio de siglo y en las décadas siguientes, se hizo más insistente la denuncia pública y el arrinconamiento social de quienes, desposeídas sus prácticas del ancestral signo mágico, pasaron a ser considerados, ahora ya sin miramientos, unos embaucadores[1].

Sin embargo, el eminente etnógrafo Julio Caro Baroja, hacía notar, todavía en el año 1946, que

la creencia en maleficios y en el poder de curanderas, saludadoras, etc., sigue, por otra parte, arraigada en la masa aldeana más de lo que a primera vista parece. Claro es que también lo está entre elementos urbanos[2].

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