La cuestión nacional, más viva que nunca

Nota.- En una cuidada edición de la asociación Enraizados, acaba de ver la luz la versión completa de mi libro ‘La cuestión nacional. Un punto de vista católico’ (*).

Comparto aquí la ‘Nota preliminar’ escrita para esta edición con el títuloLa cuestión nacional, veinte años después’. En ella trato de explicar, además de la génesis y el propósito inicial del trabajo, cómo su enfoque y la evolución de los acontecimientos pueden hacer de este libro un instrumento útil para clarificar algunos conceptos (patria, nación, estado…) que, en la práctica, son claves en nuestra vida colectiva y sobre los cuales hay en la actualidad mucha confusión.

LA CUESTIÓN NACIONAL, VEINTE AÑOS DESPUÉS

A finales del pasado siglo XX la crisis de identidad de España y la fuerza de los nacionalismos eran ya más que preocupantes. Nuestra vieja nación se había convertido en un concepto discutido y discutible, como años después afirmaría el presidente Zapatero. Su banal ocurrencia reflejaba, al fin y al cabo, esa profunda anomalía y la desorientación general de los españoles respecto a cuestiones fundamentales para nuestra convivencia.

Por añadidura, la deriva desintegradora del llamado Estado de las Autonomías, la aceleración del proceso globalizador y la expansión insaciable de las instituciones europeas, introducían aún más paradojas en la articulación de nuestras realidades comunitarias de referencia.

En ese contexto, y con el horizonte del amanecer de un nuevo milenio, un grupo de católicos comprometidos activamente con el bien común decidimos por aquel entonces iniciar un proceso sereno de reflexión y diálogo sobre estos desafíos. Nuestro propósito era orientar una propuesta que ayudase a proyectar hacia el futuro la unidad en la diversidad de España, como bien moral a preservar.

Iniciado el camino, pronto nos dimos cuenta de su enorme complejidad y de que para el debate y el enfoque de soluciones en ese terreno era imprescindible, antes de nada, una clarificación conceptual. Sin ella, era fácil enredarse continuamente en interminables discusiones terminológicas que bloqueaban el entendimiento y la posibilidad de converger y avanzar hacia conclusiones mínimamente operativas.

Para salvar ese escollo, la decisión fue elaborar una síntesis ordenada de lo publicado sobre las tres nociones que nos parecían más centrales -patria, nación y estado-, así como sobre los principios, conceptos y fenómenos relacionados con ellas: identidad, sociabilidad, subsidiariedad, solidaridad, poder, soberanía, familia humana, globalización…

Esa labor de investigación, de la que me correspondió ser ponente, no pretendía originalidad; tan solo buscábamos rigor, universalidad de planteamiento y, de manera particular, fidelidad a un presupuesto: que su perspectiva fuera la propia de una antropología cristiana, pues ese era nuestro núcleo de comunión incuestionable. En este sentido y como católicos, la Doctrina Social de la Iglesia debía ser la orientación fundamental.

Pese a sus indudables limitaciones, el resultado de aquel trabajo, muy enriquecido por los sucesivos debates y aportaciones personales, cumplió bien su objetivo de servir de marco conceptual para el diálogo en nuestro grupo de pensamiento y acción. Sus primeras conclusiones fueron también presentadas en 1999, con buena acogida, en el I Congreso Católicos y Vida Pública, organizado por la Fundación San Pablo – CEU en Madrid. Y aun después, a lo largo de estos últimos años, aquel texto -recogido en un modesto fichero de word-, ha seguido pasando de correo en correo para ser utilizado como herramienta de formación en diferentes círculos de estudio y algún seminario, en los que ha validado su utilidad.

Ahora, dos décadas después, aquellas antiguas amenazas a lo que nos une a los españoles, lejos de haber sido superadas se han intensificado en diferentes frentes.

En un rápido recorrido y mirando hacia dentro, son los más patentes: el creciente debilitamiento cultural de nuestros vínculos de unión –en definitiva, de las bases morales y espirituales de nuestra secular solidaridad-, facilitado por la falsificación de nuestra historia común; el recurso al llamado patriotismo constitucional -o, en muchos casos, a la simple apelación al imperio de la ley- como respuesta -inconsistente e insuficiente- a las corrientes disgregadoras; y, por supuesto y de manera muy específica, el avance del proceso separatista en Cataluña, en especial con los gravísimos acontecimientos de octubre de 2017, la débil sentencia del Tribunal Supremo dos años después, y los pactos y negociaciones emprendidos por el presidente Sánchez en los últimos tiempos.

Y, más allá de nuestras fronteras, fenómenos como el Brexit y la crisis de la Unión Europea, o el auge del fenómeno inmigratorio y de lo que, de manera muy reduccionista, suele despacharse como populismo nacionalista e identitario de derecha, no hacen más que acentuar esa sensación de que necesitamos con urgencia claridad y una profunda renovación respecto de nuestro enfoque y vivencia de lo que significan la patria, la nación,  el estado y las realidades supranacionales de integración, en una perspectiva cuya clave más decisiva sigue siendo la armonización entre subsidiariedad y solidaridad.

El punto de inflexión que actualmente se vislumbra en tantas cosas, provocado por la crisis del coronavirus, va a agudizar aún más el debate sobre la hiperglobalización y las tensiones entre estados nacionales -con el problema añadido de su articulación interna- e integración política europea. Los cambios, probablemente, van a acelerarse.

Esta evidente actualidad de la cuestión nacional hace muy oportuna la iniciativa de la Asociación Enraizados en Cristo y la Sociedad de publicar ahora, en forma de libro, aquel texto elaborado hace dos décadas. Así, ese intento de clarificación intelectual de un tema tan complejo y confuso -cuyas implicaciones prácticas son patentes- puede llegar a muchas más personas, más allá del círculo en la que se gestó. Para los que en aquel momento contribuimos a su elaboración, es un honor, además, tener esta oportunidad de contribuir a la tan necesaria acción cultural que Enraizados lleva a cabo.

Téngase presente, por último, que el texto que sigue se cerró en abril de 2000, por lo que no se encontrarán en él fuentes ni referencias posteriores a esa fecha. Hubieran sido deseables, pero no creo que sean indispensables. El timón de la barca de Pedro lo gobernaba por aquel entonces San Juan Pablo II, quien nos introducía, pleno de esperanza y abandono en la Misericordia, en las aguas revueltas del Tercer Milenio. Su biografía y su magisterio siguen siendo hoy inspiración y guía para cuantos entendemos y sentimos el amor y el servicio a la Patria como parte del deber de gratitud y del orden de la caridad para con nuestros semejantes.

Semana Santa de 2020.

Jaime Urcelay

(*) Asociación de Enraizados en Cristo y la Sociedad, Madrid, 2020, 164 págs. El libro puede solicitarse a través del formulario disponible en este enlace: pinchar aquí.

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