La tradición del saludador en Poza de la Sal (II)

La Puerta de las Eras vista desde el interior del casco medieval de Poza, en el inicio de la calle La Torre. Pintura del vergarés Miguel Okina (Foto: Archivo Urcelay).

El fallecimiento en 1895 de la célebre saludadora de Poza, vino a coincidir en el tiempo con el declive de los saludadores en toda España. Fueron para ello decisivos los avances de la medicina en la curación de la rabia y, en general, el dominio de la mentalidad científica. Como consecuencia, con el cambio de siglo y en las décadas siguientes, se hizo más insistente la denuncia pública y el arrinconamiento social de quienes, desposeídas sus prácticas del ancestral signo mágico, pasaron a ser considerados, ahora ya sin miramientos, unos embaucadores[1].

Sin embargo, el eminente etnógrafo Julio Caro Baroja, hacía notar, todavía en el año 1946, que

la creencia en maleficios y en el poder de curanderas, saludadoras, etc., sigue, por otra parte, arraigada en la masa aldeana más de lo que a primera vista parece. Claro es que también lo está entre elementos urbanos[2].

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La tradición del saludador en Poza de la Sal (I)

Vista, desde la calle San Cosme, de la vivienda de la calle La Cerca núm. 3, en una fotografía antigua. En esta casa vivía en 1887 Santos García Padrones, según el Padrón de vecinos de ese año. Adosada a la muralla, contaba, como otras muchas edificaciones de la villa, con un arco de piedra en la entrada, actualmente tapado (Foto: Archivo Urcelay).

Un vago recuerdo en la familia, confirmado después por el descubrimiento de una reseña en la prensa de Madrid del año 1886, me convirtió, de la noche a la mañana, en descendiente directo y consciente de la famosa saludadora de Poza. Se llamaba Santos García Padrones y, ya sin ninguna duda, era la bisabuela de mi padre.

Tras buscar los correspondientes papeles, pude comprobar que era natural de Poza, donde nació en 1834. Hija de Santiago García y Nicasia Padrones, tuvo, al menos, cuatro hermanos: Isidro, Juana, Tomás y Benita.

Casó en Poza el 29 de octubre de 1855 con José Urcelay Santa María, el bisabuelo de mi padre, de oficio cantero, nacido en un caserío de Anguiozar, en la Guipúzcoa interior, y que, por circunstancias que desconozco, pero tal vez relacionadas con su profesión, fue el primer Urcelay en arraigar en Poza. Tuvieron cuatro hijos: Pedro, Antonio (mi bisabuelo), Casilda y María.

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