
El fallecimiento en 1895 de la célebre saludadora de Poza, vino a coincidir en el tiempo con el declive de los saludadores en toda España. Fueron para ello decisivos los avances de la medicina en la curación de la rabia y, en general, el dominio de la mentalidad científica. Como consecuencia, con el cambio de siglo y en las décadas siguientes, se hizo más insistente la denuncia pública y el arrinconamiento social de quienes, desposeídas sus prácticas del ancestral signo mágico, pasaron a ser considerados, ahora ya sin miramientos, unos embaucadores[1].
Sin embargo, el eminente etnógrafo Julio Caro Baroja, hacía notar, todavía en el año 1946, que
la creencia en maleficios y en el poder de curanderas, saludadoras, etc., sigue, por otra parte, arraigada en la masa aldeana más de lo que a primera vista parece. Claro es que también lo está entre elementos urbanos[2].
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