Gracias, queridos amigos de Casamata. «¡Viva lo de siempre!»

Foto: Casamata.

Con tristeza he recibido esta semana pasada la noticia del cierre de la taberna-librería Casamata, una iniciativa con la que me he sentido muy identificado, involucrándome hasta donde me ha sido posible y en la que tanto he disfrutado y aprendido a lo largo de estos dos años.

Pero por encima de ese sentimiento de pena, creo que deben estar los de gratitud y admiración hacia esos jóvenes, «cinco amigos enamorados», que arriesgaron y lucharon para abrir un camino diferente, a mi juicio con mucho potencial en la línea que necesitamos para la renovación de nuestra cultura.

No ha podido ser y Dios sabe siempre más. Quede como homenaje a ellos la reproducción en este modestísimo blog de la preciosa carta con la que se han despedido de los «parroquianos de Casamata» (¡qué maravillosa manera de llamarnos!), lleno de esperanza de que, como ellos mismos dicen, Casamata haya dejado «semillas que más temprano que tarde darán nuevos frutos».

¡Viva lo de siempre!

Foto: Casamata.

Despedida de Casamata

Queridos parroquianos de Casamata,

Resulta triste enviar por última vez este correo semanal. Más aún cuando lo enviamos para despedirnos y daros las gracias por vuestro apoyo y confianza.

Hace ya dos años que nuestro proyecto echó a rodar, aunque llevaba tiempo en nuestra cabeza. Era el sueño de cinco amigos enamorados del encanto de las cosas viejas, de la incontestable belleza de lo de siempre: el barrio, la cerveza, las chacinas, el libro, el chascarrillo jocoso, el codo en la barra, las palabras subidas de tono, el gesto airado, el cántico temerario, la camaradería, la comunidad.

En el Madrid de los mil bares precisamente nos faltaba uno que lo fuera de verdad, una tasca genuina, un tugurio de toda la vida. Un espécimen cada vez más inencontrable y arrinconado entre franquicias y negocios impersonales. De hecho queríamos algo más que una taberna. Buscábamos un ágora donde encontrarnos. Un refugio donde el camarero supiera nuestro nombre y nuestros gustos, donde recuperáramos sabores añejos, denostados en los tiempos de plato cuadrado y reverencia cosmopolita. Una casamata donde pudiéramos juntarnos también a conspirar en penumbra. A preparar los primeros pasos de un mañana más auténtico y fiel a nuestras raíces y nuestras costumbres. Un espacio físico donde se encarnaran unos vínculos cada vez más laminados por el anodino avance de lo digital.

Mucho voló nuestra imaginación, sin duda. O mal medimos nuestras fuerzas. Algunos planes se quedaron en eso, en un brindis al sol, en una carta a los Reyes. En un triste y pusilánime «lo importante es participar». Otros, en cambio, se cumplieron con creces y nos llevaron más lejos de donde jamás habríamos soñado llegar.

Han sido dos años trepidantes. En este tiempo hemos tenido camareros que se han quedado dormidos con el bar lleno (sí, eso ha pasado, lo de dormirse y lo del bar lleno, por mucho que ambos elementos parezcan materia de monólogo cómico) y otros que llegaban a trabajar tan borrachos que hasta se les caían los pantalones. Hemos tenido incómodas visitas de la milicienta, vecinos que se molestaban por cuchicheos imperceptibles y tardes con el bar más vacío que la sede del PSOE bueno. Hemos pasado noches sin dormir, infinitos quebraderos de cabeza y vueltas y vueltas a tablas de Excel que nunca terminaban de cuadrar.

Pero estos sinsabores han sido insignificantes comparados con todo lo bueno que hemos vivido en Carranza 22. Primero lo profesional y luego lo personal. En lo que respecta al laburo podemos jactarnos, y lo hacemos, de haber tenido la mejor agenda cultural de Madrid. Así, sin matices. Por nuestro local ha desfilado la flor y nata de la cultura madrileña. Una selecta corte de profesores, historiadores, filósofos, pensadores, escritores, fotógrafos, poetas, trúhanes de la literatura, buscavidas de la política, vendemotos, cuentacuentos y narradores encantados de haberse conocido. Hemos sido tan inclusivos que hasta hemos dejado que entraran periodistas.

Con orgullo decimos que en Casamata se han dado debates para los que no había espacio antes de que abriéramos y no lo habrá después de echar el cierre. Que en lugar de crear una cámara de eco hemos juntado siempre voces diversas y las hemos puesto a cooperar. Que hemos tenido que dejar fuera de nuestros cursos a decenas y decenas de personas que corroboraban con su interés nuestra hipótesis de partida: que en Madrid había sed de un espacio de intercambio y aprendizaje ajeno a los parámetros y obsesiones de la cultura dominante.

Y lo más importante: que hemos tejido comunidad. Que hemos hecho amigos. Y que vosotros habéis hecho amigos y habéis encontrado un rincón amable donde pensar y compartir.

El cariño que hemos recibido las últimas semanas, cuando poco a poco fue haciéndose público lo irremediable de nuestro destino, ha sido conmovedor y reconfortante. Saber que a la vuelta del verano echaréis de menos nuestras presentaciones, nuestras catas, nuestros seminarios, nuestros debates de actualidad y nuestros torneos de trivial es el mejor recuerdo que podemos llevarnos de toda esta experiencia. Porque lo que está claro es que nosotros os vamos a echar de menos a vosotros. Serviros, departir, reir juntos. Gracias, por tanto, por vuestro apoyo, vuestro entusiasmo y vuestra fidelidad.

Las últimas líneas son para agradecer a quienes han hecho posible que esta larga jornada de dos años no durará en verdad un santiamén. En primer lugar, gracias a nuestras familias, a quienes nuestra ingenuidad y nuestra obstinación ha hurtado infinitas horas de cariño y tiempo compartido. Pero también a ellas queremos agradecer el respaldo incesante y decidido que nos ha llevado hasta aquí. Las horas consumiendo y gastando en Casamata, puesto que alguien tendría que hacerlo. Las mil ideas y propuestas para insuflar nuevo aire al negocio. Los amigos a los que llevaban casi forzados. El chicharrón y el toro ya aborrecidos. Las continuas sugerencias que nos permitieron corregir errores de bulto. Y la paciencia con nuestra inexperiencia como hosteleros. Gracias.

Gracias también a quienes con mayor o menor fortuna se han batido el cobre tras la barra del local y han sido, de hecho, la imagen que vosotros tenéis de Casamata. Nuestro primer tándem fue Ricardo y Jesús. Y aquello ya fue un cocktail explosivo. Un veterano de las barras, un camarero old school, un campeón de la exageración, con tanto talento para servir como para beber mientras servía… y un librero noble, leído, tímido, leal y formal que poco a poco se fue haciendo el capo del local. El último, Pepe y Fede. Dos amigos y buenos tipos, fiables, preocupados por el negocio, que jamás han puesto una mala cara y que nos han brindado un año de estabilidad, tranquilidad y momentos entrañables. En medio: una tormenta indescriptible que daría para una novela. Manuel, Diego, Nolan. Los tres jinetes del apocalipsis. Pero también una colección de extras simpáticos y dispuestos como Carlitos, Kike, Junior o Paula. Y acompañando siempre el incombustible Álvaro, que ha hecho de la lucha por la supervivencia de Casamata su propia lucha.

Queremos finalmente agradecer a todos los que nos han apoyado económicamente este tiempo, contribuyendo a hacer posible ese plan que tenían cinco amigos, que empezó a pergeñarse en 2022 en una cafetería de Budapest y que seguro deja semillas que más temprano que tarde darán nuevos frutos.

Viva lo de siempre.

Por la transcripción,

Jaime Urcelay

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